EPÍLOGO

Many estaba llegando al cuartel de los predadores. Se oyó un estruendo proveniente de la otra punta de la ciudad. Paró la moto y miró, intentando averiguar qué había pasado. No sabría explicar lo que vio: un edificio estaba siendo derribado, pero había una especie de haz extraño que lo envolvía; la luz parecía bailar a su alrededor. Un pensamiento golpeó a Many en la cabeza.

-¡Maldito hijo de puta!

Many giró violentamente la moto y se dirigió hacia la explosión. Surcó la ciudad entera en menos tiempo de lo normal, pero, cuando llegó a “El Hospital”, la lucha casi había terminado. El dominio de las bandas era claro. Quedaban algunos militares intentando huir. Many se acercó a un grupo que disparaba a tres ochos atrincherados tras un camión.

-¿Dónde está Ca?

-No sé. Creo que entró en el del medio.

-Gracias, toma esto.

Many le dio una granada al muchacho y siguió su camino. Segundos más tarde, una explosión destrozaba el camión. Many no se inmutó. Se dirigió al edificio central, sin complicaciones. Entró y lo que vio no fue muy alentador. Los supervivientes en mejor estado ayudaban a los peor parados a moverse y trasladarlos. Miró a la multitud y encontró a Polo ayudando a una muchacha que había perdido la pierna izquierda.

-¿Many? ¿Qué haces aquí?

-¿Sabías que Ca no me iba a traer?

-No, no lo supe hasta que te has ido. Pero ha sido un bonito gesto de su parte.

-Puedo defenderme. Podía pelear.

-Lo sé, pero le importas demasiado. Él no quería que estuvieras aquí.

-¿Dónde está?

-No lo sé. Alguien disparó a una de mis ruedas y me caí. No lo he vuelto a ver. Pero hemos encontrado su moto junto a esas escaleras –Polo señaló unas escaleras cercanas.

-Gracias, Polo. Voy a buscarlo. Espero que no le haya pasado nada.

Many bajó las escaleras por las que había bajado Ca. El lugar le pareció tétrico; la luz parpadeante de los pasillos la ponía nerviosa. Estaba dando vueltas por los pasillos cuando encontró a dos personas tirando de una tercera. Al principio no la reconoció, pero se acercó a preguntar. Entonces se dio cuenta de que estaban llevando a Beda, y no se encontraba en muy buen estado. Le habían practicado un torniquete unos diez centímetros por debajo del hombro izquierdo. De ahí para abajo sólo podía intuirse una extremidad chamuscada y mutilada.

-¿Beda?

-Está muy mal, apenas consigue mantenerse consciente.

-Sólo es un momento. ¿Has visto a Ca? Beda, ¿sabes algo de Ca?

-Ese cabrón me debe un puto brazo.

-¿Dónde está?

-Sigue todo recto hasta encontrar unas escaleras que bajan. En la sala hay una entrada al alcantarillado. Te metes en él. Se supone que iba a subir por unas escaleras que había a unos veinte metros.

-Gracias, Beda. Espero que te pongas bien.

Many salió corriendo en la dirección que le había dicho Beda. No tardó en encontrar las escaleras que le había indicado. Bajó por ellas y dio a una sala en completa oscuridad. Intentó orientarse y tropezó con algo en el suelo. Se acercó a ver qué era y descubrió el cuerpo destrozado de un militar. Siguió buscando hasta dar con las alcantarillas. El olor no invitaba a entrar, pero era la única pista que tenía, así que entró.

Vio unas escaleras y se apresuró a subir por ellas. No tenía intención de permanecer más tiempo del necesario en ese sitio. Apareció a pocos metros de “El Hospital”. Había muchos cuerpos en la zona, tanto militares como de las bandas. Miró atentamente a ver si encontraba a alguien conocido entre los cadáveres. Encontró el cuerpo de Jarro. Tenía las piernas y el brazo derecho destrozados. A su alrededor había un grupo de militares destrozados. Many supuso que, al verse rodeado, Jarro había abierto una granada.

Siguió buscando entre los cadáveres y los heridos. Encontró a Elo apoyado contra una pared. Todavía sostenía su kalashnikov en la mano. Corrió hacia él. Seguía vivo. Estaba destrozado, pero no parecía que su vida corriera peligro, así que decidió interrogarle antes de ayudarle.

-¿Qué ha pasado? ¿Has visto a Ca?

-Estábamos peleando. Los hacíamos retroceder –Elo hizo una pausa para tomar aire y siguió hablando pausadamente-. Entonces recuerdo que Ca salió del suelo. En esa zona estaban los ochos. En pocos segundos, antes de que nadie pudiera reaccionar, lo abatieron –Many se asustó y la tristeza era visible en su cara-. No creo que muriera, porque se lo llevaron a uno de esos camiones –Elo señaló un camión medio destrozado, a unos metros-. Es en ellos en los que han huido.

-¿A dónde?

-No sé. Tenemos que hablar con Sip. Es mi último espía entre los ochos.

-Y vamos a tener que reunir a los alas rojas. Esto se ha puesto más difícil de lo que creía. ¿Qué sabes de ellos?

-Gil y Dos han caído. Hexar ha estado aquí hace poco. Estaba bien. Los demás, no sé.

22. Ataque suicida

Cuando Polo y Ca llegaron a “El Hospital” el ataque ya había empezado. Antes de entrar en batalla, Ca echó un vistazo rápido a la situación. Los militares parecían desconcertados. Había algunos cadáveres en el suelo, pero no demasiados. En algunas zonas ya se estaba desarrollando el combate cuerpo a cuerpo, pero en la mayoría permanecían a una distancia prudente. Intentó localizar a Elo o a cualquiera de los otros líderes, pero no los vio. Finalmente miró a Polo, quien esperaba asustado a sus espaldas.

-Es inútil que te diga que des media vuelta, ¿no?

-Sí –respondió Polo un poco dubitativo.

-Bien, pues entonces estate siempre detrás. Ni se te ocurra marcharte por ahí tú solito –esperó una respuesta, pero Polo sólo movió la cabeza ligeramente en señal afirmativa-. Bien, entonces, vamos.

Ca se introdujo en el flanco más cercano. Era una de las pocas zonas en las que la batalla cuerpo a cuerpo había empezado. Alzó su metralleta y comenzó a disparar, mientras daba vueltas sobre su moto. La presencia de Ca estimuló positivamente a los luchadores cercanos y pronto acabaron con el pequeño grupo de militares. Habían abierto una brecha en las defensas.

Los militares de las zonas cercanas se percataron de la caída de las defensas y acudieron con la intención de cerrarlas. Pero algunas personas, Ca y Polo entre ellas, ya habían cruzado. Las cosas para los militares se complicaban. Esto desmoralizaba poco a poco a los ochos, que fueron cediendo hasta que no quedó ningún militar con vida fuera de “El Hospital”.

Los militares habían decidido no seguir enviando más tropas al exterior, ya que, como las bandas atacaban en mayor número, habrían luchado en inferioridad de condiciones. Era preferible trasladar la pelea al interior, donde la movilidad era más difícil y no se podía pelear en grandes números.

A sabiendas de que eso era lo que los militares pretendían, Ca guió a la tropa al interior de “El Hospital”. Cada cual se metía por donde quería. Incluso hubo quien entró por las ventanas a los diferentes cuarteles. Ca, en cambio, no. Siguió por el exterior hasta llegar al cuartel central, ahí donde se ocultaba el comandante de la zona.

Ca se movía en su moto, arropado por una escolta de seguidores, gracias a la cual pudo llegar. Los tiradores disparaban desde las ventanas y Ca veía como, a medida que avanzaban, algunos de sus compañeros se desplomaban con el pecho cubierto de sangre o la cabeza reventada. Pero los disparos no alcanzaban a las personas que ocupaban las zonas centrales del grupo.

Finalmente llegaron a las puertas del edificio central. Se notaba claramente que en él había alguien importante, ya que era el más protegido de todos. A diferencia de los demás, un grupo de militares formaba un círculo alrededor del edificio. Esto los retrasó aún más, tiempo que los tiradores aprovecharon para seguir reduciendo el número de intrusos.

Una vez dentro, todo estaba preparado para dispersarlos. Los militares, en lugar de atacar ordenadamente, como solían hacer, corrían de lado a lado del cuartel, disparando a diestro y siniestro. Era difícil acertarles, así que se veían obligados a seguirlos y cada uno tomaba su propio camino.

-Por aquí, Polo –dijo Ca señalando unas escaleras descendentes.

Ca desmontó de su moto y miró hacia atrás, a Polo, pero no estaba ahí. Miró en todas direcciones, pero era imposible encontrar a nadie. Esperó unos segundos y, finalmente, dio media vuelta y bajó las escaleras.

Los pasillos inferiores estaban más tranquilos. Apenas había bajado nadie y lo único que se veía era algún que otro cadáver, de ambos bandos. Las luces que iluminaban los pasillos parpadeaban continuamente, dando un aspecto tétrico, a la vez que terrorífico, al lugar. Ca pensó si lo habrían hecho a propósito o sería un fallo de verdad. Pero no tenía tiempo para comprobarlo.

A la derecha encontró la primera sala. Tenía la puerta cerrada. Ca la abrió de una patada y entró con la ametralladora en alto. En el interior sólo encontró un despacho abandonado y destrozado, sin mayor interés. Pero el ruido de la patada alertó a unos militares que se encontraban cerca. Ca los oyó venir, así que se escondió tras el escritorio.

-¡Por aquí! Creo que es por aquí –dijo alguien.

Un militar entró en la sala. Ca no lo pensó dos veces y descargó una ráfaga contra su pecho. El militar se desplomó sin saber siquiera de dónde habían disparado. Los demás militares, alarmados, se colocaron a ambos lados de la puerta. Disparaban ráfagas cortas a turnos, sin dejar que Ca pudiera salir de su escondite. Ca tomó una de sus granadas, la desanilló y la sostuvo unos segundos en su mano, con los ojos cerrados. Hizo una cuenta atrás mentalmente. Cuando estaba a punto de explotar, abrió los ojos y la lanzó hacia la puerta. La granada explotó antes de caer al suelo. El escritorio protegió a Ca de la explosión, pero acabó hecho astillas sobre su cuerpo.

Ca esperó unos segundos y, como no oía nada, se levantó. Le entró un mareo y dolor de cabeza, por lo que se tuvo que apoyar en la pared hasta reponerse. Miró hacia la puerta. Estaba destrozada y se veía manchada de restos humanos. Fuera de la sala, el espectáculo era peor todavía: los cuerpos de cinco militares, completamente destrozados, adornaban las paredes.

No tardarían en llegar refuerzos, así que lo mejor era irse, y es lo que hizo. Prosiguió su camino sin incidentes, hasta que vio una sala bien iluminada al final de un pasillo. Se acercó sigilosamente. La sala estaba llena de militares, veinte o treinta. Entre la multitud consiguió distinguir al comandante. Pero se encontraba completamente rodeado y, seguramente, sería imposible alcanzarlo con un arma desde ningún sitio.

-¡Mierda! Yo solo no puedo hacer nada –dijo Ca para sí mismo.

Entonces se fijó en la verja del conducto de ventilación. Volvió a mirar a la sala. En todas las paredes había cinco o seis verjas como ésa. Si se metía en ella, sería más difícil que lo localizaran. Pero eso no era suficiente. Seguía sin tener ángulo para disparar. Una granada no serviría de mucho. Una veintena de militares protegerían al comandante con sus cuerpos y, además, esto delataría la posición de Ca, impidiéndole realizar un segundo ataque.

Ca valoraba todas las ideas que le pasaban por la cabeza, por absurdas que fueran, buscando la mejor de ellas. Mientras pensaba, Ca frotaba sus manos. La utilización de algún virus o gas sería lo mejor, pero no tenía nada de eso. Frotó su antebrazo derecho y, entonces, le vino una idea.

En el brazo derecho llevaba el último invento de Polo. Era algo que los militares no conocerían y eso los desconcertaría aún más. Ca entró en los conductos de ventilación. Paseó por los tubos hasta encontrar una verja que le diera un buen ángulo de visión sobre el pasillo en el que acababa de estar. Retiró la manga derecha y apuntó con el puño al pasillo.

El último invento de Polo era un pequeño aparato que generaba una onda de ultrasonidos superior a 20KHz. Este sonido era imperceptible por cualquier humano. Pero, al rebotar contra alguna pared o superficie, la frecuencia disminuía hasta unos 17KHz, haciéndolo perfectamente audible por un humano.

Ca lanzó las ondas sonoras contra el pasillo. Poco después, un sonido proveniente del pasillo alertó a los ochos. Podía parecer unas pisadas, o una persona moviéndose. Así que los militares corrieron hasta la puerta e hicieron una barricada con sus cuerpos. Dos militares salieron a investigar.

Ca no podía creer que hubiera funcionado. Pero no tenía tiempo que perder. Cuando se dieran cuenta de que no había nada, volverían a proteger al comandante. Ca sacó la pistola, comprobó el cargador y apuntó al comandante. Estaba temblando. No era muy apreciable, pero el comandante temblaba de miedo y a Ca le pareció divertido. Apretó el gatillo. El ruido del disparo alertó a todo el mundo, pero era demasiado tarde. El comandante tragó saliva y se llevó la mano al pecho antes de desplomarse. Ca se fijó en sus ojos. Los tenía completamente en blanco.

Los militares estaban alerta. Ca había esperado que la muerte del comandante los desconcertara, dándole una ventaja para huir. Pero estaban bien enseñados y lo primero era localizar al intruso. Otra vez iba a tener que improvisar. Sacó todas las balas de su pistola, pero no eran suficientes. Sacó también todas las balas de la ametralladora y las colocó mirando hacia la verja. Cogió una de las dos granadas con temporizador que tenía y la puso detrás de las balas.

Ca estaba junto a la verja por la que había entrado, cuando explotó la granada. Las más de veinte balas salieron disparadas, hiriendo a más de un militar. Esto creó la suficiente confusión para dejarle salir al pasillo. Ca empezó a correr antes de que nadie lo viera.

Habría subido al piso superior, pero no tenía armas, a excepción de su catana y un puñal. Así no podía pelear contra un grupo de militares, por lo que decidió permanecer en el subterráneo. Todos los pasillos presentaban el mismo estilo, medio vacíos y con las luces parpadeantes. Esto le facilitaba las cosas, ya que, como no había mucha gente, era fácil esquivar a todo el mundo. Además, el que la luz parpadeara hacía más difícil distinguir nada

Al girar en uno de los pasillos se encontró frente a frente con un militar. Ca sacó su catana y cortó la mano con la que el militar estaba sacando su pistola. Luego le dio con el pomo en la nariz y se la rompió. El militar cayó al suelo, dio un grito de alerta y Ca le rebanó la garganta. Los pasos de los militares ya se oían, así que Ca corrió, sin tiempo para coger la pistola del militar.

Ca corría sin un rumbo fijo. Sólo huía de los pasillos, en los que oía pasos. Llevaba varios minutos corriendo y el cansancio empezaba a hacer mella en él. Vio unas escaleras hacia abajo. Eso no le sonaba, no estaba en los planos, así que decidió cogerlas. Llegó a una sala oscura, con el techo bajo y el suelo encharcado. Miró la sala con cuidado y entonces vio una figura al fondo. Era una persona y estaba sacando su pistola. Ca saltó y se escondió tras unas cajas. El disparo rompió un cristal cercano.

Ca intentó escuchar los pasos de su agresor, pero era silencioso y el goteo cercano de una cañería dificultaba aún más la escucha. Además, todavía no se había acostumbrado a la oscuridad de la sala y apenas veía nada. Estaba mirando por un hueco entre las cajas cuando oyó un paso a sus espaldas. Dio media vuelta, alarmado, pero ya era tarde: el agresor apuntaba a su cabeza. Entonces pasó algo que no esperaba.

-¿Ca? –Ca no respondió, no sabía quien era y no estaba dispuesto a desvelarse ante cualquiera-. ¿Qué coño haces aquí? ¿Y tus armas?

-¿Quién eres?

El agresor dio un paso al frente. Entonces Ca distinguió a Beda. No había duda, era él, pero no había bajado el arma. Aun así, Ca decidió levantarse. Beda movió la pistola para llamar la atención de Ca.

-Todavía no te he dicho que te levantes.

-Pero… ¿Qué coño…?

-Tú no me gustas…

-¿Qué está pasando?

-Tú no me gustas y tú nos has metido en este lío. A lo mejor, si les entrego tu cuerpo me perdonan. ¿Qué crees?

-He matado al comandante y me persigue un grupo de ochos.

-Pues puedo entregarte a ellos. Podríamos esperarles.

-Seguro. Y también podríais tomar un té con pastas, no te jode. No, Beda, van a entrar con las balas por delante y, cuando no quede nadie con vida, preguntarán.

Beda estaba dudando. El sonido de unos pasos cercanos lo sacó de sus pensamientos. Miró hacia las escaleras y luego a Ca. Volvió a mirar a las escaleras. Finalmente bajó la pistola.

-Allí hay una verja. Da a las cloacas. A unos veinte metros hay unas escaleras. Saldrás a un paso de “El Hospital”. ¡Ve!

Ca se levantó, dio un paso en dirección a la verja y miró a Beda. Permanecía inmóvil. Dudó un momento y, al final, decidió que era mejor preguntar.

-¿Qué haces?

-Salvar tu jodido culo de oro.

-¿Por qué?

-Porque te necesitan más que a mí. Yo no puedo guiarlos como los guías tú. Al menos, no en batalla.

-¿Por qué no vienes?

-Eres más tonto de lo que pensaba. Esos ochos están persiguiendo a alguien. Si no encuentran a alguien, seguirán buscando. Y no dudes que te encontrarán. Permíteme entonces adjudicarme el mérito de haber matado al comandante y asumirlo ante tus perseguidores.

Ca iba a decir algo, pero los pasos se oían demasiado cerca. Al final salió corriendo hacia la verja. Una vez dentro, volvió a observar a Beda. Se había colocado en posición para una emboscada. La cloaca olía a cadáver putrefacto y el suelo estaba cubierto de una masa gelatinosa y probablemente contaminada. Con cierta dificultad, Ca avanzó hasta alcanzar las escaleras que Beda le había dicho. Los disparos se oían al fondo. Eso era bueno: quería decir que seguía vivo.

Subió las escaleras y, tal como Beda le había dicho, apareció a unos cinco metros de “El Hospital”. Pero el sitio no estaba como él lo esperaba. En algunos sitios, la batalla había vuelto al exterior y Ca se encontraba rodeado de militares. Uno de ellos, probablemente el primero que se percató de su presencia, le disparó. El tiempo pareció ralentizarse, el ruido se escuchaba cada vez más lejano y le costaba respirar. Se desplomó.

Apenas podía ver lo que pasaba a su alrededor y tampoco oía bien. Pero, aun así, permanecía atento a todo lo que pasaba. Un vehículo apareció en la zona. Ca supuso que era de los ochos, por el color. Un grupo de gente pasó junto a él. Alguno incluso lo pisó. Se dirigían al vehículo. Una persona se paró junto a él.

-Éste sigue vivo –le oyó decir.

-Cógelo. Podremos usarlo en NERALO –dijo otro.

Ca se desmayó cuando lo estaban levantando.

21. Explosión

La tropa al completo, excepto Many, estaba en la rotonda, junto a La Sala. En el centro había un gran pilar y una estatua dorada y medio rota. La moto de Polo llevaba un remolque dotado de motores gravitacionales. En el remolque llevaba la bomba GC. Ésta era el centro de atención para casi todos, menos para Ca, que miraba hacia donde estaba su antiguo cuartel.

-Dentro de unas horas toda la ciudad será nuestra. ¿Qué importa un edificio?

-¿Sabes que fue mi hermano quien me inicio en los dragones?

-No sabía que tuvieras un hermano.

-Sí, Polo, tenía un hermano. Era cinco años mayor que yo –Ca hizo una pausa-. Murieron nuestros padres y él decidió que la mejor forma de cuidar de mí era siendo parte de una banda. Cuando cumplí los catorce, me metió de mecánico en la banda. Me tenía prohibido salir; no quería que me pasara nada. Pero, unos meses después de que yo entrara, él murió en una confrontación con el ejército. Al día siguiente me presenté voluntario para el contraataque.

-No es momento de recordar el pasado; es momento de escribir el futuro. Ya tendrás tiempo después para pensar en ello.

-No lo creo. Ésta es la última vez que vemos nuestro cuartel –Ca permaneció unos segundos inmóvil-. Es hora de irse.

Las motos de Ca y Polo se acercaron a la de Elo. A Elo le extrañó que Ca se quedara un poco retrasado mientras Polo se acercaba a explicarle una vez más el plan. Pero, al fin y al cabo, era el plan de Polo. Era lógico que fuera el líder del ataque. Por lo menos hasta que llegara el enfrentamiento cuerpo a cuerpo.

-Recuerda que estamos conectados. Vamos a ir dándote todos los detalles. Cuando oigáis la explosión, id a “El Hospital”. Si se pasa la hora señalada… marchaos, todos. Eure tiene las instrucciones para preparar un nuevo ataque… por si yo no volviera.

Dicho esto, Polo saludó con la cabeza y se marchó. Ca hizo lo mismo y acompañó el gesto con la mano. Los dos vestían de negro y sus motos eran del mismo color. Ca quería haber usado su moto y su traje habituales; se sentía más cómodo con ellos. Pero Polo le había dicho que eran demasiado llamativos y que tenían que pasar inadvertidos, así que los dos vestirían de negro.
***

Ca y Polo llegaron hasta el antiguo estadio de fútbol. Polo lo miró impresionado. Aunque sabía perfectamente que estaba allí, nunca lo había visto con sus propios ojos. Era territorio ocho y a esa zona sólo se entraba para una cosa: para pelear. Así que Polo nunca había podido verlo.

Se escondieron en el edificio de enfrente, en lo que parecía un bar en ruinas. Apagaron sus motos para no llamar la atención y esperaron. Polo miraba atento al estadio. Ca, sin embargo, miraba intermitentemente al estadio y a Polo sin entender muy bien lo que pasaba.

Un grupo de seis militares apareció en la distancia. Ca tomó la pistola en su mano y la levantó lentamente. Polo se dio cuenta cuando Ca ya estaba apuntando. Golpeó en el cañón del arma y ésta cayó al suelo.

-¿Qué demonios estás haciendo? Si los matas, alertarás a los demás. Emiten un informe cada minuto. Se darían cuenta de que algo va mal antes de que lleguemos.

Ca miró atónito a Polo. No esperaba su reacción. No sabía si pedirle perdón o reprocharle el haber impedido acabar con unos ochos. Así que finalmente calló y esperó.

Uno a uno los militares fueron metiéndose por diferentes entradas al estadio. Cuando todos hubieron entrado, Polo le hizo una señal a Ca y los dos volvieron a montar en sus motos. Fueron con sigilo hasta el complejo, bajaron de sus motos y soltaron el remolque. Ca empujaba de él mientras Polo tiraba. En realidad, con una persona hubiera bastado para moverlo, pero así era más manejable.

Con sólo media docena de militares en el edificio, no habría sido difícil infiltrarse. Pero el ir empujando un remolque enorme complicaba la misión. Sólo disponían de cinco minutos y, por lo menos, tenían que llegar. Poco a poco fueron avanzando por las estancias y pasillos hasta alcanzar la zona más cercana a “El Hospital”.

-Bueno… ya está hecho lo más difícil.

-No te confíes, Ca. Todavía tenemos que salir sin que nos vean.

-¡Venga ya! Si hemos entrado con este trasto y no nos han detectado, ¿por qué lo iban a hacer ahora que vamos con las manos vacías?

-Tú sólo no te confíes. Ya está lista. ¡Vámonos!

Ca y Polo retomaron el camino de vuelta. Volvieron en casi todo momento por los mismos pasillos por los que habían entrado. Cada vez faltaba menos para llegar a la salida y, a cada momento, iban más confiados. Cuando doblaron una esquina, sorprendieron a dos militares hablando. Quisieron dar media vuelta antes de que los descubrieran, pero era demasiado tarde: ya habían visto a Polo.

-¡Alto!

-Tampoco tanto, no mucho más de metro sesenta y ocho.

Los militares no fueron los únicos que se quedaron mirando extrañados a Polo. Ca tampoco pudo evitar pensar que estaba loco. Pero no dijo nada.

-¿Qué tenemos aquí? –preguntó uno de los militares.

-¡Un capullo! –respondió el otro.

-Encantado –Polo extendió su mano-. Yo soy Polo.

Uno de los militares cogió la mano de Polo y la retorció, haciéndole caer al suelo de rodillas.

-¿Me estás tomando por un idiota?

-Lo que yo piense no le importa a un idiota como tú –Polo miró de reojo hacia donde se encontraba oculto Ca, quien seguía atónito la escena-. Sólo un idiota no sabría cuándo está en presencia de un líder.

Ca empezaba a intuir la jugada de Polo. Los dos militares estaban demasiado atentos en Polo como para descubrir la presencia de Ca y éste tenía vía libre para hacer lo que creyera conveniente.

-¿Así que te crees un líder?

-He dicho que un idiota no sabría cuándo esta en su presencia y tú eres un grandísimo idiota.

El militar sacó su pistola y se la puso a Polo en la cabeza. Frotó la pistola contra su sien, haciendo girar el cañón de derecha a izquierda y regocijándose mientras Polo sentía el frío del metal que lo mataría. Aprovechando este momento, Ca disparó al militar, atravesándole la cabeza de lado a lado. Éste se desplomó en el suelo, inerte. El otro militar intentó reaccionar a tiempo, pero antes de poder sacar su arma Ca le disparó a una rodilla y cayó al suelo.

-Malditos militares engreídos –comentó Ca con desprecio-. Y tú y yo ya hablaremos, Polo –añadió Ca un poco enfadado.

-Hijo de… -el militar no pudo terminar el insulto porque Ca le disparó a la otra pierna.

-¿Cuánto tiempo tenemos?

-Minuto y medio.

-Una pena, amigo –le dijo al militar-. No vamos a tener tiempo de intimar –Ca disparó al militar en el estómago.

-Ma…ta… –intentó decir el militar, pero antes de terminar la frase empezó a toser sangre.

-No te preocupes: en un minuto estarás muerto. Hasta entonces, sufre un rato, cabrón.

Ca y Polo siguieron su camino. Ninguno habló hasta que salieron del edificio. Allí, escondidas donde las habían dejado, estaban sus motos esperándoles. Montaron en ellas y se alejaron lo suficiente como para que la explosión no les afectara.

-Atento a esto, nunca has visto nada igual –Polo apretó el botón del control remoto.

No se oyó nada. Aparentemente todo estaba normal. Pero la zona del edificio donde habían colocado la bomba parecía temblar ligeramente. Los temblores fueron aumentando hasta convertir la pared en una especie de masa borrosa y, en ocasiones, semitransparente. Finalmente llegó el estruendo, cuando el edificio se resquebrajó.

Una de las paredes se separó del resto del edificio. La parte inferior, que casi no se veía a causa de los temblores, desapareció sin dejar rastro aparente. A medida que iba cayendo, el resto de la pared también desaparecía antes de tocar el suelo. El edificio siguió derrumbándose. Los escombros que se acercaban demasiado al campo de gravitación caótica corrían la misma suerte que la pared.

En la zona más afectada empezó a formarse un cráter. Parecía que hubiera una espesa capa o manto de energía moviéndose por la zona, intentando huir del lugar y a la vez presa en él.

El brillo de un foco cercano que iluminaba la zona empezó a titilar y, finalmente, una estela de luz se lanzó hacia el campo de gravitación caótica. Pasó lo mismo con toda la luz que había alrededor: se lanzaba en rayos y haces contra el edificio. Luego salían disparados; incluso parecían chocar entre sí.

Ca miraba atónito sin entender lo que veía. Le costaba incluso creer que fuera verdad. Polo, en cambio, observaba orgulloso su obra.

-Una pena que sea imposible de controlar –comentó un poco entristecido-. ¿Ves toda la energía que se está concentrando en la zona? Si pudiéramos absorberla, no tendríamos necesidad de generarla. Pero no sabemos cuándo va a empezar a flojear el campo gravitacional y, por lo tanto, no sabemos cuándo empezará a liberarse esa energía a la atmósfera.

-¿Qué…?

-Además se liberará poco a poco y en todas direcciones…

-¿Qué coño ha pasado? –lo interrumpió Ca.

-Bueno, hemos generado un campo de gravitación caótica que…

-¡No! Eso ya lo sé. ¿Por qué ha desaparecido parte del edificio? ¿Y de dónde ha salido ese cráter?

-Bueno, al generar dos focos de gran intensidad, uno que repele y otro que atrae, hemos provocado un movimiento de la materia. Eso es lo que ha provocado los temblores y luego la ruptura del edificio.

-Pero, ¿a dónde ha ido toda esa materia?

-No se ha ido, sigue ahí, descompuesta en átomos y partículas. Cuando la gravedad se estabilice, se volverán a unir por su propia fuerza atrayente, generando, seguramente, un manto de polvo o arenisca.

Ca no supo qué responder a la explicación. Se quedó un momento callado, meditando. Al final sólo pudo añadir una cosa.

-Vamos con Elo, nos necesita.

20. Engaño

Ca entró violentamente en la sala de reuniones. Elo y Many estaban sentados, hablando. Sombra y Eón estaban mirando unas cosas en su T.A.R. y Jeul caminaba impaciente por la sala. Todos dejaron lo que estaban haciendo y miraron a CA. Éste tiró su C.R.:A. contra la pared.

-¡Joder! ¡Mierda! –Ca lanzó un grito de rabia.

-¿Qué pasa? –preguntaron algunos.

-¡Capullos! Son una cuadrilla de idiotas.

-Pero, ¿quién?

-Los puños metálicos y los predadores. No coge ninguno el C.R.

-Déjame intentarlo a mí –dijo Jeul mientras lo activaba.

-No te preocupes, hace nada que lo tienen, no se habrán acostumbrado todavía a ellos. Many, ¿puedes hacerme un favor?

-Sí, claro. Dime.

-Ve al cuartel de esos idiotas y tráelos aquí ahora mismo. Si hace falta, los traes de los huevos, pero tráelos.

-Ningún problema, ahora vuelvo.

-Esto… están en el cuartel de los predadores.

-Pero si eso está a las afueras. ¿Cómo se les ha ocurrido ir allí?

-Es que el cuartel de los puños metálicos está demasiado cerca de “El Hospital”. Además, el parque de los predadores está bien colocado, defensivamente hablando, y desde la torre pueden ver muy lejos.

-¿Qué le vamos a hacer? Ahora vuelvo.

Many salió de la sala. Se hizo un silencio y Ca permaneció inmóvil, mirando a la puerta. Finalmente se volvió hacia el resto y sonrió.

-Vamos –ordenó Ca.

-¿Qué? –preguntó Sombra.

-Que nos vamos… ¡Todos al sótano!

-¿Y Many? –preguntó Elo.

-¿No he dicho que vayamos…? ¡Pues vamos!

Nadie más dijo nada. Todos salieron de la sala y siguieron a Ca hacia el sótano. Pero ninguno iba convencido de lo que hacía. Cuando llegaron al sótano, todas las personas que iban a participar en el ataque estaban presentes, incluso las tropas de Jarro y Beda.

-¿Qué es esto? Nos has engañado, Ca.

-No te pongas así, Elo. Todos sabemos que es un ataque kamikaze. No vamos a pelear por nosotros, sino por nuestros amigos y familiares, los que no van a la batalla. Son ellos los que sobrevivirán y los que van a disfrutar de lo que consigamos.

-Ya… -la voz de Elo era dubitativa y un tanto lastimera-. Todos lo sabemos, pero no nos gusta hablarlo. No deberías ponerte a predicarlo precisamente ahora que vamos a entrar en batalla. Vas a desanimar a la gente.

-Ya lo sé. Sólo quiero que entiendas por qué he engañado a Many: no quiero que luche en esta guerra. Será ella una de las que sobreviva, y puede hacer mucho por la ciudad –Ca hizo una pausa-. Lo que más pena me da de todo esto es que no voy a ver mi ciudad viva y libre. Pero… ¿qué le vamos a hacer?

-¡Maldito cabrón sentimental! ¿Nunca cambiarás? Por lo menos podías habérmelo dicho. Sabes que te habría apoyado.

-Lo siento, era más real si no sabíais nada. Todos erais mis cómplices involuntarios.

-No pasa nada. Ahora tenemos cosas que hacer, tenemos que escribir historia. Esta batalla la van a recordar durante años.

-Sí… Vamos a dar caña a esos ochos –Ca se volvió y miró a la turba-. ¡Eh! –gritó para que le hicieran caso-. Hoy es nuestro día. Hoy vamos a cambiar la historia. Vamos a liberar nuestra ciudad de los ochos. Algunos de nosotros moriremos, pero no habrá sido en vano si logramos nuestro objetivo. Si lo conseguimos, ninguno habrá muerto, seremos recordados eternamente, seremos inmortales en la memoria de la gente. Por eso vamos a matar a cualquier ocho que se ponga por delante. ¿Qué queremos?

-¡SANGRE DE OCHO! –gritó la turba enfurecida.

-¿Y cuando la vamos a conseguir?

-¡HOY!

-¿Cuál es el único ocho bueno?

-¡EL OCHO MUERTO! ¡EL OCHO MUERTO!

19. Guardaespaldas

Ca, Polo y Many estaban solos en una sala. A diferencia de lo habitual, era Polo quien se encontraba de pie explicando el plan, mientras que tanto Ca como Many acataban las órdenes.

-Vuestra función será la de guardaespaldas –explicó Polo-. Tenéis que ayudarme a llegar sano y salvo al lugar indicado para poder poner la bomba GC.

-Eso está hecho, no supondrá ningún problema. He cargado mi moto con el armamento de costumbre, también llevo el láser y unas cuantas granadas, por si acaso –comentó Ca.

-Sigo sin entender para qué me necesitas. Con dos personas es suficiente.

-Te necesito a mi lado por si acaso algo sale mal.

-Ya, pero estaría mejor liderando el escuadrón de ataque… Bueno, da igual, sigue con el plan.

Polo estiró un mapa de la ciudad, hizo una serie de marcas resaltando el cuartel de los dragones, “El Hospital” y el camino que iban a tomar. Finalmente hizo una marca sobre el complejo que había junto a “El Hospital”.

-Aquí es donde tenemos que poner la bomba. No es territorio ocho, pero aun así lo vigilan constantemente. La verdad, no sé por qué no lo aprovechan, es un sitio muy majo. Pero, a lo que íbamos. A las 00:55 hacen ronda en el estadio. Los muy idiotas hacen que parte de la guardia del complejo industrial vaya a revisarlo. Ese es nuestro momento para infiltrarnos. No será difícil: apenas media docena de militares… Aun así, tendremos que evitar que nos vean antes de tiempo.

-No parece muy complicado.

-Tranquilo, chico, que ahora viene lo mejor. Tendremos cinco minutos para entrar y otros cinco para salir. Recordad que la bomba tiene que hacer explosión a las 01:05. Y no es casualidad que sea a esa hora exacta. Es la hora del cambio de guardia en “El Hospital”. Como la explosión va a ocurrir en el momento exacto en el que no habrá nadie de guardia, el desconcierto será mayor.

-Y, ¿es posible hacer eso?

-No lo sé, Many. Te lo digo a las 01:06.

-Una vez hayamos llevado a cabo este plan, tendrás que regresar con el escuadrón de ataque. Te van a necesitar, Ca.

-Bien, pero tú regresarás al cuartel.

-Ya veremos –dijo Polo con una media sonrisa en la cara.

Ca miró por primera vez las paredes de la sala en la que se encontraban. Estaban completamente vacías. En la sala sólo había una mesa, en la que ellos se encontraban, y tres sillas. Esto le extrañó mucho a Ca.

-¿No hay regalos?

-¡Te parecerá poco! –dijo Polo, ofendido.

-No… -respondió Ca no muy convencido-. Pero es que es un ataque fuera de lo común.

-Y mi regalo también es algo fuera de lo común.

-Yo… no quería decir eso…

-¿Qué te hace pensar que tengo algo más para ti? –Polo no le dio tiempo a responder y siguió hablando-. Pues has acertado, chico. Pero no está aquí. Vas a tener que seguirme.

-Si ya decía yo que no podía ser que nos dejaras así. Tú siempre tienes algo nuevo.

Polo salió de la habitación. Ca y Many lo acompañaron. Fueron escaleras abajo hasta llegar al sótano. Finalmente, Polo se dio media vuelta y señaló orgulloso hacia atrás.

-Ahí está –dijo-. Bonito, ¿verdad?

-Sí… Bueno… ¿Qué…? ¿Qué demonios es eso?

18. La bomba GC

Había una gran cantidad de gente de todas las bandas en los subterráneos, ya que era el espacio más grande al que podían acceder sin que el ejército se enterara de lo que hacían. Todo el mundo parecía estar esperando algo, pero pocos parecían conscientes de la situación. Los líderes de las bandas conversaban por primera vez como personas normales y no como líderes.

-Pensaba que vuestro territorio se limitaba sólo a los restos del metro. No sabía que utilizabais los subterráneos –comentó Eón.

-La verdad es que no los controlamos todos. Todos vosotros disponéis de alguna zona subterránea, si no me equivoco.

-Sí, pero no son más que pequeños trozos en nuestro territorio –añadió Sombra.

-Además, los ochos también se apoderaron de algunos de los subterráneos de la ciudad. Y hay otros que son inutilizables, porque se derrumbaron, inundaron o por otras razones.

-Ya… pero disponéis de posiciones privilegiadas bajo tierra –confirmó Jarro.

-Sí, tienes razón, los topos fuimos los primeros en aprovechar los subterráneos. Por ello disponemos de sitios privilegiados. Muchos lo considerasteis un acto de cobardía, pero no fue una decisión fácil. Los primeros pasos fueron complicados. Menos mal que el río subterráneo no se contaminó en la guerra. Gracias a él hemos podido sobrevivir. Tuvimos que crear nuestras propias cavernas cerca del río. Ahora es más tranquilo vivir abajo que arriba –Jeul hizo una pausa-… O, por lo menos, lo era.

Se oyó un ruido proveniente de uno de los pasillos cercanos y la luz de una antorcha se vislumbró en la oscuridad. Escasos segundos más tarde apareció Polo, empuñando una antorcha en una mano y empujando una jaula enorme suspendida sobre cinco motores gravitacionales con la otra. Cuando llegó al centro de la sala, detuvo la jaula, miró a la gente y dio un par de vueltas antes de empezar.

-Bueno… ¿Cómo explicar esto? –Polo hizo una pausa en la que, obviamente, nadie respondió-. He hecho unos cálculos de probabilidades en el C.P.F. (Computador de Probabilidades Futuras) para buscar un conjunto de variables que nos diese más de un 50% de posibilidades de salir victoriosos o, por lo menos, mejor parados que los ochos –Polo hizo otra pausa-. Para que nos entendamos, he buscado las condiciones idóneas para una pelea contra los ochos y… éstas no existen. Obviamente, tenemos más posibilidades de victoria si a la variable grupal le añadimos el concepto alianza. Vamos, que juntos tenemos más posibilidades. Pero el factor tiempo es crucial en la ecuación y las probabilidades de éxito se reducen a una velocidad de 0,05 puntos por hora, así que deberíamos atacar hoy mismo. También he calculado el lugar y hora exactos para aumentar los puntos a favor. Si comenzamos el ataque a las 01:03, tendremos 10 puntos más a favor. De todas formas, si el ataque se prolonga más allá de las 02:27, las probabilidades se irán reduciendo 0,10 puntos cada minuto hasta estabilizarse y luego seguirán reduciéndose a razón de 0,05 la hora –a medida que avanzaba la explicación, Polo estaba más nervioso y empezó a dar vueltas-. En lo que al lugar respecta -Polo parecía a punto de estallar, era puro nervio-… Tenemos que luchar en “El Hospital” –una vez dicho esto, Polo se relajó un poco y pareció más sereno.

El desconcierto fue general en la sala. Los rumores, dudas e insultos empezaron a oírse y, a causa del eco, parecía que hubiera muchísima más gente. Polo intentó silenciar a la muchedumbre, pero no hubo manera. Ca se adelantó unos pasos y miró al gentío.

-¡A callar todos!

También por culpa del eco, las palabras de Ca sonaron más intimidatorias de lo que en realidad eran. En apenas unos segundos todo el mundo volvía a estar atento.

-Yo también estoy extrañado: ¿una lucha en “El Hospital”? Parece de locos ir directamente al cuartel central de los ochos, allá donde son más fuertes. Pero alguna razón habrá –Ca bajó la voz hasta convertirla en un susurro que sólo el podía escuchar-… Espero –luego volvió a su sitio.

-He hecho siete estudios diferentes de probabilística y todos me han dado el mismo resultado. La verdad es que, gracias a las anotaciones de Elana, ha sido más fácil llegar a esta conclusión; tenían un montón de datos interesantes. Pero, al principio, yo tampoco quería creerlo. Si quitamos los prejuicios, veremos que es lógico atacar “El Hospital” –Polo hizo una pausa-. ¿Alguien recuerda hace cuanto que el ejército nos maneja desde “El Hospital”? –nadie respondió-. Exacto, desde hace tanto que ni siquiera lo recordamos. Al principio es verdad que establecieron allí su fuerza de combate. Pero una vez demostraron su potencial, empezaron a preocuparse por otros asuntos. Actualmente, “El Hospital” es el centro militar de mayor potencial de todos los que poseen los ochos. Pero este potencial ha sido dividido para poder actuar en más zonas. No son tan invulnerables como creemos. Nos han hecho creer que eran demasiado fuertes en una zona. Luego hicieron lo mismo en otra. Y así sucesivamente, hasta tenernos sometidos. Pero, realmente, si luchamos juntos tenemos posibilidades de vencer hasta en “El Hospital”. Pero… -Polo no dijo nada más; durante más de un minuto nadie habló.

-¿Pero qué? –preguntó Beda.

-Que, suponiendo que sigamos mis instrucciones al pie de la letra…, sólo tenemos un 35% de posibilidades de éxito.

-¿Quieres decir que estamos perdidos?

-No, realmente no. Hay una forma de duplicar las posibilidades. El único problema es que este plan complementario, por sí solo, no tiene más que un 48,3% de posibilidades de salir bien. Y eso suponiendo que lo hagamos a las 01:05 exactamente, ya que es el momento en el que cambian la guardia. Pero, como ya os he dicho, suponiendo que salga bien, nuestras posibilidades se incrementarán hasta llegar al 70%.

-Bueno… ¿Y cuál es ese segundo plan?

-Una bomba de gravitación caótica –dijo Polo en un tono menor al habitual.

-¿Qué es eso? –preguntó Ca.

-La verdad es que ni yo mismo lo sé. Es un pequeño experimento mío. Se me ocurrió cuando Oriol me enseñó las ecuaciones acaóticas. Entonces comprendí la antigravedad y de allí no fue difícil llegar al agravitón. Luego se me ocurrió unir un gravitón y un agravitón. El resultado fue desastroso. Menos mal que la gravedad es la fuerza más débil entre las fuerzas fundamentales –Polo hizo una pausa-. Finalmente logré concentrar una pequeña cantidad de ambos en un recipiente. Gracias a la interacción electromagnética, logré mantener alejados los gravitones de los agravitones. Pero, cuando corté el suministro electromagnético… destrocé el laboratorio. Lo siento, Elo, prometo arreglarlo cuando pueda.

-No pasa nada.

-Como iba diciendo, al juntar ambas fuerzas, una atrayente y otra repelente, creamos un campo de gravitación caótica. Por medio de este campo, podemos separar hasta los átomos de la materia. Pero, por ahora, es incontrolable.

-Interesante –comentó Ca-. Y entonces, ¿qué tenemos que hacer?

-Poner ¡esto! –Polo tiró de la manta que cubría la jaula y mostró un extraño artilugio metálico que parecía brillar con un color amarillo eléctrico-. Esto es la bomba de gravitación caótica, o bomba GC. Tenéis que colocarla en el complejo que hay cerca de “El Hospital”. Los militares no van a sufrir ningún tipo de daño, pero causará una distracción suficiente para poder proceder con el ataque real. ¡Muy importante! Una vez procedamos al ataque, nadie, bajo ningún concepto, debe acercarse al complejo en, por lo menos, una semana. Seguramente la gravedad se estabilizará en unos tres días, pero más vale prevenir…

-Perfecto, enséñanos a usar la bomba GC.

-No creo que sea conveniente, Ca. Va a ser mejor que os acompañe y la ponga yo mismo.

-¿Estás seguro? Ya has hecho mucho. Si quieres, puedes tomarte un descanso.

-¡No! No puedo arriesgarme a que ninguno de vosotros la manipule. ¡Lo haré yo!

-Vale, vale, como tú quieras. Perfecto entonces. ¡Esta noche salimos a matar ochos! ¡Muerte a los ochos! –gritó Ca al gentío.

17. Siéteson

Los líderes de las siete bandas estaban en la sala de reuniones de los payasos. Ca observó uno a uno a todos los presentes y luego se levantó para hablar.

-Bueno… La mayoría de nosotros ya tenemos nuestros acuerdos. Pero todavía faltan dos… Creo que Elo os ha informado de todo lo que tenéis que saber. Pero, por si acaso… ¿Os ha hablado de la red?

-Sí.

-¿Y de la antena?

-También.

-¿Qué habéis decidido?

-Vamos a construirla. Nadie se ha opuesto y hemos dado por supuesto que tú dirías que sí.

-Polo ya está en ello y Oriol está informado.

-Gracias, Elo. ¿Estáis informados de los planes de los ochos?

-También… -dijo Jarro cansinamente.

-¿Y lo de…?

-¡Que sí! Vamos a lo que importa.

-Está bien. Tenemos el plan de Oriol. Puede ser una buena solución, pero todos sabemos que no vamos a durar más de un mes. Dos como mucho.

-Huyamos entonces.

-No, Beda, no. Ésa no es la idea.

-¿Y por qué no ha de serla?

-Porque tengo un plan.

-¿Y quién te ha dado derecho?

-¿Qué?

-Tú no eres mi líder, no esperes que te haga caso. No sé por qué, o con el derecho de quién te has autoproclamado líder, pero no cuentes con mi apoyo.

-A lo mejor, si tuvieras alguna idea, tú también llegarías a líder –dijo Elo.

-Líder de las ratas, como mucho –añadió Jeul.

-Tranquilos, tranquilos. Tiene razón. Prometí unas elecciones justas.

- Elecciones justas, ¿para qué? –preguntó Elo-. Es mucho más simple. ¿Quién quiere que Ca sea nuestro líder? –Elo, Jeul, Sombra y Eón levantaron sus manos-. ¿Lo ves? Somos cuatro. Tienes mayoría absoluta.

-A mí eso no me vale. ¿Qué es eso de levantar la mano? Hay que hacer unas elecciones justas. Cada candidato preparará su discurso. Mañana los presentaremos y pasado se harán las votaciones. Y no vale eso de la mano alzada. Se harán por medio de los T.A.L.

-Me parece justo.

-¿Justo? ¡Es una pérdida de tiempo! No tiene ningún sentido.

-No pasa nada, Jeul. Dentro de dos días seguiremos esta reunión donde la hemos dejado. Mañana, a la misma hora, aquí para los discursos.
***

-¿Cómo ha ido?

-Mal, Many, mal.

-¿Qué ha pasado?

-Que tenemos que hacer unas elecciones “justas”. Mañana, soltar el rollo, hacer las votaciones un día más tarde y por medio del T.A.R. Pero, ¿en qué cabeza cabe eso?

-No te preocupes, vas a ganar tú.

-No, eso ya lo sé. Lo que me preocupa es el tiempo. Pero, ¿qué le vamos a hacer? Los necesito más de lo que se imaginan. No pienso rendirme a esos putos ochos y no voy a dejar que me sigan jodiendo. Es la única salida: morir o ganar. Prométeme una cosa.

-¿Sí?

-Si todo sale mal, ¡huye! Huye lejos de aquí y vive tranquila, vivid tranquilas Ila y tú.

-Pero… Ca…

-¡No! Si todo está perdido, no sigas luchando.

-¿Y tú?

Ca agachó la cabeza, se dio media vuelta y se marchó sin decir nada. Llevaba unos días haciéndose a la idea de que moriría joven, pronto, en una batalla contra los ochos. Pero no podía decírselo a nadie.
***

Volvían a estar todos los líderes reunidos. Jarro y Beda parecían nerviosos por las elecciones; los demás, molestos por la pérdida de tiempo. Parecía obvio quién saldría vencedor, pero Jarro y Beda no querían admitirlo y pretendían ganar con el discurso.

-¿Queréis empezar? –preguntó Ca.

-Me parece una buena idea. La verdad es que sólo yo me presento para las elecciones. Beda es mi ayudante y mano derecha. De vosotros se presentan…

-Sólo yo.

-Bien, Ca. O tú o yo.

-O tú o tú –susurró Elo al oído de Ca.

-Empieza cuando quieras. ¿Necesitas que te presente a los asistentes?

-No, gracias –dijo Jarro molesto-. Parece que lo hayáis olvidado, pero ése de ahí es el culpable de todo lo que está pasando. Nosotros no nos metíamos con los ochos y ellos nos dejaban en paz. Pero llegó el “salvador” y decidió que iba a atacar al ejército. No nos consultó y, ahora, mirad la situación en la que estamos. Y, aun así, pretende liderarnos, y seguir empeorando la situación. Ahora ya no hay casi ninguna salida. Podemos huir, morir o establecer un acuerdo de paz con el ejército. Mi idea es esa: estableceremos un pacto con el ejército y todo volverá a ser como antes –se hizo una pausa; al ver que nadie decía nada, siguió hablando-. Ése es mi plan y espero que seáis sensatos y me votéis.

-Lo dicho: o tú o tú –volvió a susurrar Elo al oído de Ca.

Jarro se sentó. Todos esperaban que Ca se levantara, pero éste únicamente se acomodó más en su silla.

-Pues yo no he preparado ningún discurso, la verdad. Tenía cosas mejores que hacer. Sí, yo ataqué primero al ejército, pero, ¿no es verdad que todos estábamos hasta los huevos de la situación? Necesitabais un empujón y yo os lo di. No me arrepiento y, si pudiera, volvería a hacerlo. También es verdad que las cosas no han salido como esperaba. Pero estoy haciendo todo lo posible por mejorar nuestra situación. Si queréis, seguiré haciéndolo. Si no, ya sabéis lo que tenéis que hacer: huir. Porque lo del pacto con los ochos no es ninguna solución.

Durante unos minutos no habló nadie. Finalmente, Ca volvió a tomar la palabra.

-Creo que ya está, ¿no? Podemos irnos a meditar y esas cosas. Mañana votaremos.
***

Los siete líderes volvieron a reunirse un día más tarde en la misma sala. Cada uno tenía un T.A.L. portátil frente a él para hacer las votaciones. Tras unos minutos de silencio, una voz metálica salió del T.A.R. que había en medio de la sala.

-Votaciones finalizadas. Seis votos escrutados. Jarro, dos votos a favor. Ca, cuatro votos a favor. Ganador: Ca.

-Bueno, ya está. ¿Contentos?

-No. Sólo había seis votos. ¿Qué pasa con el séptimo? ¿Quién no ha votado?

-Déjalo ya, Beda. Ca tiene cuatro votos y vosotros sólo dos. Además, estamos en el derecho de no votar –Beda parecía dispuesto a replicar, pero no se le ocurrían más argumentos, así que no dijo nada.

-Bueno, ya eres, oficialmente, líder de los siete.

-He traído esto. Podría ser interesante –todos miraron extrañados a Sombra, quien sostenía un papel viejo y roto en su mano-. Es un pequeño secreto. Desde la separación de las siete bandas se han hecho pactos entre ellas y también se han roto. Pero hay uno no muy conocido. Yo mismo desconocía su existencia y eso que suelo saber todo lo que pasa en esta ciudad. Resulta que, hace muchos años, hubo un pacto medio secreto entre las siete bandas. Preparaban un ataque contra el ejército. Se mantuvo en secreto para evitar filtraciones.

-Bonita historia, ¿qué tal si nos la cuentas otro día? –dijo Beda.

-La misión resultó ser un fracaso y, por ello, se mantuvo en secreto. Aquella vez también se votó un líder de las siete bandas. Le dieron un título a esa persona: Elana Siéteson, Señora de los siete. Pero Elana murió en el ataque al ejército y el documento quedó perdido hasta que una de mis mejores ladronas lo encontró. Al dorso hay unas inscripciones de la misma Elana poco antes de morir –Sombra mostró el dorso del papel-, en las que comenta sus planes y por qué fracasaron. Creo que podrían sernos útiles, para no cometer sus mismos fallos.

-Y, ¿cómo es que no nos lo enseñaste antes?

-Porque no planeábamos un ataque masivo contra el ejército. Lo siento, Ca.

-No pasa nada. Luego, cuando hagamos el plan de batalla, llévalo contigo. Puede sernos útil.

-De todas formas… -dijo Sombra tímidamente-. Creo que podría estar bien que lo volviéramos a firmar, dándole a Ca el mismo título que a Elana: Ca Siéteson, Señor de los siete. ¿Qué os parece la idea?

-A mí bien –dijo Elo.

-Por mí, de acuerdo –añadió Jeul.

-Si no hay más remedio… –dijo Jarro.

-Ningún problema –opinó Eón.

-Se me hace raro eso de Ca Siéteson, Señor de los siete. Pero bueno, si me seguís llamando Ca a secas…

-Siéteson… demasiado título para una sola persona. Espero que se te atragante.

-Gracias, Beda.

Sombra añadió un párrafo después del documento original, en el que decía que ese título le era entregado a Ca. Luego, los siete líderes firmaron. Cada uno se fue marchando de la sala hasta quedar solos Ca y Elo.

-Disculpe, Señor de los siete, ¿podría usted deleitarme con su presencia hoy a la hora de la cena?

-Graciosillo… Sólo si me invitas a cerveza.

-Claro, tráete a Many y algunas personas más. Vamos a festejar la unión de las siete bandas…, Señor de los siete… Por cierto –Elo hizo una pausa-, ¿por qué no has votado?

-En realidad no sabes si he votado o no. Sólo estás lanzando la pregunta para ver si aciertas.

-Ya, pero, ¿por qué no has votado?

-Desde luego, no pretendía votar a Jeul. No es mal tipo, pero ese idiota de Beda le tiene sorbidos los sesos.

-Nadie esperaba que le votases. Eso habría sido todavía más raro. A lo mejor me he explicado mal. ¿Por qué no te has votado?

-Porque no me parecía justo. No puedo ser nada objetivo respecto a lo bueno o malo que es mi criterio.

-Habló el gran Siéteson, Señor de los siete. Tus palabras rebosan sabiduría, gran maestre.

Ca le respondió tirándole un bolígrafo a la cabeza. Luego, ellos también salieron de la sala.

16. La alianza

Un gran número de motoristas estaba reunido en la rotonda, junto al cuartel de los payasos. Cuando se hubieron reunido todos los convocados, una horda de motoristas, encabezados por los jefes de las cinco bandas, salió al encuentro del ejército. Los gritos de la gente, acompañados del rugir de las motos, daban un aspecto temible a la marabunta.

El camino hasta el cuartel de los puños metálicos fue más una fiesta que una marcha militar. Todos los presentes estaban deseosos de sangre de ocho y, nada más llegar, sin hacer caso de la estrategia, empezó la matanza. Los disparos, explosiones y gritos se sucedieron en una agónica melodía macabra. Ca contemplaba desesperado la obra, chillando sin parar para intentar que sus órdenes se escuchasen por encima de la música de la batalla. Pero nadie respondió a su voz.

Ca estaba perdido, perdido entre la muchedumbre y sin saber qué hacer, cómo reaccionar. Todo daba vueltas a su alrededor. Entonces, el sonido de un disparo se sobrepuso a todo lo demás. Algo golpeó su hombro izquierdo, que empezó a arderle. Se tambaleó un poco y cayó de rodillas al suelo. Entre la muchedumbre borrosa, vislumbró a un militar empuñando una pistola. Apuntaba a su hombro y todavía salía humo del arma. Su cara le era familiar. Era un muchacho. Era aquel muchacho asustado con el que se había encontrado hace días, aquel muchacho que no se atrevió a dispararle, al que él había perdonado la vida. Y ese muchacho estaba apuntándole ahora a la cabeza.

Ca se levantó con un grito de pura rabia. La adrenalina ocultó el dolor y la razón. Tomó su ametralladora y descargó una ráfaga contra el rostro del muchacho. Ca tenía los ojos desorbitados y los restos del muchacho le caían por su cara. Esbozó una sonrisa macabra, enseñando sus dientes manchados de sangre. Poseído por la locura y frenesí del momento, se olvidó del plan y se unió al espectáculo de muerte y violencia.

A medida que iba matando más militares, más se separaba de la realidad, hasta llegar a un punto en el que tenía la impresión de estar manejando un cuerpo muerto del que le llegaban, a modo de interferencias, algunos sonidos e imágenes. Una de las interferencias empezó a cobrar sentido y, cuanto más se esforzaba por entender lo que oía, más se acercaba a la realidad y la conciencia.

-¡…a! ¡…a! ¡Ca! ¡Ca…o…! ¡Carlos! ¿Me escuchas, Carlos? ¡Mírame! ¡Soy yo, Many! ¡Mírame!

Ca parpadeó compulsivamente. Había una chica zarandeándole. Tenía el pelo corto, hasta la altura de la barbilla. Ca agarró el pelo entre sus manos.

-No me había fijado: te estás dejando otra vez el pelo largo… Te queda mejor. Estás más guapa.

-Gracias, Ca. ¿Estás bien?

-Creo que he debido de dislocarme el brazo derecho. No lo siento.

-No pasa nada, no te preocupes –Many arrancó una de sus mangas e hizo un vendaje con ellas para cubrir la herida de bala-. Cuando volvamos les diré que te curen. ¿Puedes andar?

-Sí, creo que sí –Ca se levantó con la ayuda de Many.

Ca observó el paisaje y, por primera vez, se hizo consciente de la situación. Era dantesco. Ca no podía verse la cara, pero miró sus manos cubiertas de sangre, la ropa desgarrada y los restos de otras personas que colgaban de ella.

-¿Cómo está la cosa?

-Tu plan se ha ido al traste. Pero aun así, llevamos ventaja. Hay unos pocos ochos encerrados entre dos fuegos, el nuestro y el de los puños y los predadores. Pero es cosa de minutos. Luego podremos hablar con los líderes.
***

Ca entró en el cuartel de los puños metálicos acompañado de Many, quien todavía le ayudaba a andar. El edificio era un antiguo palacio deportivo. Las gradas habían sido reconstruidas para formar habitaciones. Jarro y Beda estaban esperando en la pista central. El suelo estaba lleno de cadáveres y restos humanos, pero la masacre no era ni una pequeña parte de lo que podía verse fuera.

-¿Por qué has venido? ¡No te hemos pedido ayuda!

-Ni yo te la he ofrecido. Sólo hemos aprovechado para matar algunos ochos. No creas que todo este espectáculo ha sido porque me he hecho hermanita de la caridad.

-Bonito discurso, ¿qué es lo que pretendes?

-¿Pretender? ¿Yo? Nada.

-Has venido para que nos unamos a tu grupito de exploradores, ¿no?

-No he sido yo quien ha sacado el tema, pero ya que lo mencionas… Como has podido ver, los ochos no tienen miramientos a la hora de matarnos. Y, por separado, somos débiles. Así que la única salida es la unión. Luchar juntos, morir solos. No hay más posibilidades.

-No creo…

-Deja de hacerte el duro, Jarro. ¿No ves cómo estoy? Tengo que agarrarme a Many para mantenerme en pie. No voy a aguantar tus estupideces. ¿Te unes a nosotros? ¿Sí o no?

-¿Dónde estáis?

-En el cuartel de los payasos. Te espero en media hora.
***

Ca estaba tumbado en una cama. Un médico estaba sanándole la herida y Many esperaba sentada en una silla. Se abrió la puerta y entraron los líderes de las bandas restantes.

-¡No pueden entrar aquí! ¡Está herido!

-No me vengas con esas. No tengo tiempo para perderlo contigo, Ca.

-Tranquilo, Jarro. Ha sido un error, ¿verdad? –Ca miró al médico, quien no se atrevió a negarlo-. Podéis pasar. No hay sillas para todos, pero no me importa que os sentéis en el suelo. Está limpio.

-¿Esto es una reunión de líderes o una fiesta de jóvenes alcoholizados?

-Ya lo siento, Beda. Tienes razón. Si hubiese tiempo suficiente para organizar una reunión como es debido, todos sabéis que lo haría. Pero no es así, no podemos. Así que esto es lo que hay, y vosotros lo sabéis. La pregunta es simple: ¿uniremos las siete bandas en una sola?

-Está bien. No hay otra posibilidad y lo admito. Pero no voy a aceptar que seas tú nuestro líder. Haremos elecciones.

-Es una buena sugerencia.

-¡No! No es ninguna sugerencia, es una orden. Si no se cumple, no contéis con nosotros.

-Ya lo sé. Elo, ponles al corriente por favor. Yo voy a descansar. Mañana hablaremos más detenidamente. Por cierto, no olvides mencionar a Oriol y su antena. Haz la votación. Ya conoces lo que opino. Y no os olvidéis de…

-¿Te vas a callar? ¡Tú si que vas a olvidar! Vas a olvidarte de todo y a descansar.

-Sí, madre –respondió Ca en tono burlón-. ¿Qué sería de mí sin Many? Bueno, qué le vamos a hacer… Lo dicho: mañana estamos.

15. Castigo

Hacía dos días que los militares habían tomado el cuartel de los dragones. Aparentemente habían sido dos días de descanso, pero, en realidad, nadie descansó. Los militares aumentaron la búsqueda de infiltraciones, hasta que dieron con uno de los dos espías que los payaos mantenían. Las cuatro bandas aprovecharon este tiempo para reorganizarse y planear nuevas estrategias de ataque.

Una carta llegó a los cuarteles de todas las bandas y colocaron carteles en todos los distritos con la misma información. Cuando Elo tuvo la suya entre sus manos, hizo llamar a las personas que consideró que debían leerla. Se congregaron en la sala de reuniones. Elo presidió la mesa. Se puso en pie para que todo el mundo pudiera verle bien.

-Acaba de llegar esta carta –Elo zarandeó la carta sobre su cabeza-. Es de los ochos. Dicen que han capturado a un espía entre los suyos y van a castigarlo públicamente. Creo que es uno de los nuestros, pero todavía no sé seguro quién es. También dicen el lugar y la hora en la que se hará el castigo. No va a ser un espectáculo agradable. Ni creo que sea conveniente que la gente vaya a verlo. Así que necesito vuestra ayuda para convencer a todo el mundo de que no acuda.

-Pero, si es de los nuestros… No podemos dejarlo así. Tenemos que ir a apoyarlo en este momento.

-Sí, iremos, pero sólo unos pocos. No más de cinco personas –respondió Many.

-Y, ¿qué cinco personas irán?

-Cinco personas que no se echen atrás por ver cómo torturan a un compañero. Para eso se hacen estas cosas, para asustarnos. Y no podemos permitirnos perder gente por una tontería así –añadió Ca.
***

Llegó el momento de la ejecución pública. El casco viejo de la ciudad estaba más silencioso que de costumbre. Los militares patrullaban en grupos de cinco o seis para impedir disturbios. La plaza frente a la iglesia estaba tomada por los ochos y algunos civiles esperaban nerviosos en la zona. El sol, escondiéndose, teñía el cielo de rojo, haciendo aún más macabro el momento. El portón de la iglesia se abrió y salió un militar de alto grado acompañado de dos soldados que tiraban de un hombre. Ca miró a Elo quien, con gesto lastimero, asintió. Jeul y Sombra también estaban allí. El militar de alto rango empezó a leer un discurso.

-Lo siento –dijo una voz a sus espaldas.

Todos se volvieron para ver la procedencia de la voz. Eón estaba de pie. Lo miraron de arriba a abajo. No sólo no llevaba escolta, sino que parecía desarmado.

-Gracias –respondió Elo-, pero no es culpa tuya que lo hayan apresado.

-No, no lo digo por eso. Lo digo por dejaros de lado en la reunión que hicimos en la Sala.

Como nadie sabía qué responder, optaron por permanecer en silencio. Tras unos minutos muy tensos, Eón decidió seguir hablando.

-Sé que no puedo arreglar la decisión que tomé. Pero quiero revocarla. Me gustaría unirme a la alianza. Si me dejáis, claro.

Ca y Elo se miraron mutuamente a los ojos. Ninguno dijo nada, pero los dos comprendieron lo que el otro opinaba, así que, finalmente, ambos asintieron.

-Después de la ejecución, acompáñanos a nuestro cuartel –dijo Elo.

Eón fue a decir algo, pero como el discurso terminó en ese momento, decidieron prestar atención a lo que pasaba. Los militares ataron los brazos y las manos del espía con una cuerda que luego ataron a unos postes previamente colocados. Un nuevo militar apareció por el portón de la iglesia. Era enorme. La impresión que causó entre los asistentes fue debida a las facciones de neandertal que tenía.

Sacó un cuchillo de su cinturón y, con la ayuda de éste y de sus manos, rasgó la ropa del condenado hasta dejarlo completamente desnudo. Antes de volver a guardar el cuchillo, le golpeó con el mango en la nariz y se la partió. El espía gritó de dolor. Tomó un látigo, también de su cinturón, y le golpeó repetidas veces por todo el cuerpo. Tenía golpes y moretones por todas partes. Cuando el verdugo se dio por satisfecho con el trabajo, dejó el látigo y puso la mano palma arriba para que le dieran dos instrumentos similares a clavos de más de medio metro. Clavó con violencia cada uno en un hombro. Luego tomó un martillo de su cinturón y golpeó con él en el saliente, desgarrando y rompiendo el hombro.

Cualquier persona habría perdido ya el conocimiento, pero la crueldad de estas ejecuciones públicas llevaba a los militares a inyectar sustancias en los cuerpos de sus víctimas para impedirlo. Así que el torturado continuó gritando y llorando. El verdugo golpeó en el otro clavo y destrozó el otro hombro, como si fuera de mantequilla. Como ambos hombros podían terminar de partirse en cualquier momento y quedar así suelta una de las extremidades, el verdugo le colocó un collar perruno en el cuello, que luego ató a ambos palos.

Una vez asegurado el cuerpo, continuó con la tortura. Un soldado le trajo un caldero de agua hirviendo que, a pesar de que tendría unos veinte litros, levantó sin ningún problema y lanzó contra el pecho de la víctima. El dolor de la piel derritiéndose y la carne viva friéndose era tal que no pudo evitar convulsionarse violentamente. Una de estas convulsiones le partió el brazo derecho, que quedó colgado del poste. Cuando terminaron las convulsiones, para sorpresa del verdugo, el condenado seguía con vida. El cuerpo colgaba del collar que tenía en el cuello, pues no tenía fuerzas para sostenerse, y poco a poco se iba asfixiando. El verdugo levantó el cuerpo para que no se asfixiara, ya que eso no habría sido divertido.

Con el cuerpo mutilado y medio muerto del espía sobre la espalda, fue hasta el centro de la plaza. Ahí tiró el cuerpo. Esta vez no se quejó, y no porque no quisiera, sino porque de tanto gritar había destrozado sus cuerdas vocales. El verdugo decidió que era hora de concluir el espectáculo, así que tomo una cuerda gruesa que enroscó en la cintura del condenado. Luego puso el pie sobre ésta y empezó a tirar de los extremos. La cara del verdugo empezó a tomar un color rojizo de la fuerza que estaba haciendo. Lanzó un grito ensordecedor y partió el cuerpo en dos. El verdugo dio una patada a las piernas del espía para que todo el mundo viese claramente que estaba partido por la mitad. Uno de los soldados que estaban en la plaza empezó a vomitar en ese instante. El militar que había dado el discurso se adelantó y comenzó con uno nuevo, pero nadie, excepto los militares que tenían que hacer guardia, se quedó en la plaza pare escucharlo.
***

Los líderes de la alianza y Eón estaban en la sala de reuniones, además de los alas rojas y algunas de las personas de confianza. Estaban interrogando a Eón para comprobar que no pretendía aliarse a ellos para luego traicionarlos.

-Y, ¿a qué se debe ese cambio? ¿Por qué ahora sí quieres aliarte a nosotros?

-No sois los únicos que tenéis espías entre los ochos. Los demás también tenemos. Caen como moscas, pero los tenemos. Y, por lo que me han dicho, los militares no van a conformarse con tomar sólo vuestros territorios –señaló a Ca-. Nos quieren aniquilar a todos. Da igual quiénes seamos, sólo nos espera la muerte, o algo peor.

-¿Qué información tienes?

-Los próximos van a ser los puños metálicos. Les he informado, pero esos idiotas no han querido creerme.

-Los lagartos siempre han sido de los nuestros, nunca han traicionado a ninguna banda –comentó Sombra-. Yo creo que podemos fiarnos de ellos.

-Por mí bien –añadió Jeul.

-¿Cuándo van a atacar?

-Mañana, hacia el mediodía.

-No nos vendría mal más ayuda, ¿no crees Ca?

-Sí, tienes razón, Elo. Pero… Bueno, es igual. Estaba pensando que podríamos aprovechar el ataque de mañana para intentar reunir a las siete bandas. Los predadores y los puños metálicos siempre se han llevado muy bien. Así que, si atacan a los puños, los predadores también se sentirán atacados.

-No sé… Pero podemos intentarlo. ¿Contamos con tus tropas, Eón?

-Sí, claro.

-Bien, entonces el plan será el siguiente –Ca tomó un plano de la ciudad y, por medio de dibujos, explicó su plan.

14. El Plan

El cuartel de los dragones había sido tomado por los militares. Pero cuando llegaron no había nadie ni nada de interés. Los dragones se habían repartido entre los territorios de las bandas aliadas. Las personas de importancia para la guerra contra el ejército habían sido alojadas en el cuartel de los payasos. Las que no pelearían, pero eran importantes, estaban ocultas en los subterráneos. Y el resto había sido enviado al territorio de los Merodeadores oscuros.

El cuartel de los payasos era un antiguo centro comercial. Las puertas de cristal estaban rotas, así que usaban las verjas metálicas para cerrar. La planta baja estaba rodeada de escaparates rotos, llenos de escombros y entablillados. El edificio, de siete plantas, estaba completamente agrietado y lucía unas letras verdes en las que se podía leer: “E rte I gl s”. La fachada también lucía una enorme cara sonriente dibujada con spray rojo. Las plantas subterráneas, que habían sido el parking, se seguían utilizando para este mismo cometido, además de como zona de entrenamiento. La zona de reuniones, los laboratorios y las habitaciones de importancia estaban en la segunda planta. Las paredes eran de escayola y más modernas que el resto del edificio. Ca estaba en la sala de reuniones.

-Polo, ¡estás completamente loco! ¿Qué era lo que querías?

-Tenía que cerrar ya la entrada a los subterráneos. Si no, los militares habrían oído la explosión y podrían haberla encontrado.

-Pero, ¿y tú? ¿Qué demonios ibas a hacer tú? Si no llega a sobrar una moto, te habrías quedado allí.

-Bueno… habría intentado huir.

-Jodido héroe suicida. Pues no quiero más heroicidades como ésa. Preocúpate más por tu puta vida, que te necesitamos. Por cierto, ya no eres jefe técnico –Polo lo miró extrañado-. A partir de ahora eres maestro técnico.

-Pero, si eso no existe.

-Ahora sí. Vas a estar por encima de todos los jefes técnicos. Espero que sepas manejarte.

-Sí, claro –dijo Polo todavía dubitativo-. Gracias.

Ca se dirigió a todos los motoristas que habían participado en la operación.

-Lo habéis hecho muy bien. Os elegimos Elo y yo entre todos nuestros efectivos. Vosotros erais los mejores para la guerra y lo habéis demostrado. A partir de ahora formaremos un grupo para las operaciones más delicadas. Ese grupo se va a llamar Alas Rojas, ya que nuestra primera operación terminó con un vuelo y fue muy sangrienta –hizo una pequeña pausa para que todos asumiesen la información que había dado hasta el momento-. También hemos decidido que no sería bueno que ni Elo ni yo seamos los líderes de este grupo de elite, ya que lideramos una banda. Así que vosotros decidiréis quién os liderará –volvió a hacer otra pausa para que asumieran el resto de la información-. Coged cada uno un papel y escribid el nombre de la persona que elegiríais como líder. Sé que es un método muy rudimentario, pero es más rápido y, siendo tan pocos, no habrá problemas.

Ca repartió un trozo de papel y un bolígrafo a cada uno. Dejó un par de minutos para que cada uno escribiera el nombre y luego los recogió. Fue leyendo los papeles uno a uno en voz alta.

-Parece que lo teníais muy claro. La mayoría, yo incluido, hemos votado a Many. Así que, a partir de ahora, serás la líder de los alas rojas. Si estás de acuerdo, claro.

-Claro que sí, acepto encantada.

-Pues, entonces, doy por concluida la primera reunión de los alas rojas. Bueno… creo que eso tenías que haberlo dicho tú.

-Da igual –Many sonrió divertida.

Todos se marcharon menos Ca, Many y Elo. Los tres se sentaron cómodamente en la mesa central. Ca activó el micrófono de su C.R.

-Oriol, ¿estás ahí?

-Siempre estoy.

-Bien. Hemos usado las motos. Han funcionado.

-Me alegra saberlo. ¿Ya tengo vuestra confianza?

-Por el momento sí. Ahora tenemos un problema. El ejército ha empezado a atacarnos directamente. Pretende exterminarnos.

-Típico de ellos. Ésa suele ser su forma de actuar –Oriol hizo una pausa antes de seguir hablando-. Tenemos un plan, pero uno de los grandes. Pero todavía tendremos que esperar unos meses para llevarlo adelante. Nos vendría muy bien que entraseis en él. Pero para ello vais a tener que aguantar ese tiempo. Tenedme al tanto de lo que pasa y yo os ayudaré en todo lo posible para que sigáis adelante.

-Y, ¿cuál es ese plan?

-Estamos construyendo unas bombas que generan una sobrecarga de energía, destruyendo todos los aparatos electrónicos.

-Sí, ya he oído hablar de ellas. Pueden dejar una ciudad sin energía durante un tiempo, y muchos de los aparatos eléctricos quedarán inutilizables. Un completo caos.

-Sí. Pero, ¿qué me dirías si te dijera que todos los aparatos electrónicos quedarían inutilizables?

-Alguna vez se ha conseguido, pero nunca se tiene la certeza absoluta de que sucederá.

-Nosotros la tenemos.

-De todas formas, ¿qué conseguiríamos con ello? ¿Que una ciudad sea el escenario del caos absoluto?

-Y, ¿si no fuese una ciudad? ¿Si fuese un país entero? O, ¿si fuese el mundo?

-Eso es imposible.

-Nosotros lo tenemos. En realidad es muy similar a la bomba de siempre, pero con algo más de potencia. Así nos aseguraremos la destrucción de todos los aparatos electrónicos.

-Pero, ¿cómo llegar a todo el mundo?

-Con un simple sistema de emisores-receptores. Estos recibirán la señal de la bomba y la recrearán. Luego, la siguiente antena hará lo mismo. Y así hasta llegar a todo el mundo.

-¿Antenas en todo el mundo? ¿Las tenéis?

-En ello estamos. Y nos vendría muy bien que vosotros construyeseis la vuestra.

-De todas formas, no sé si me convence mucho vuestro plan. Pasaríamos de un gobierno totalitario a una anarquía en cuestión de segundos. Sería el caos absoluto.

-Pero, si nos deshacemos del ejército en ese momento de caos, luego podremos implantar nuevos gobiernos, mejores.

-Tenemos que meditarlo. De todas formas, pásale las instrucciones de construcción de la antena a Polo. Por si acaso, mejor tenerlas.