13. Huida

-Malas noticias, Ca –dijo Elo por el C.R.

-¿Qué pasa? –preguntó Ca tras encender el micrófono del suyo.

-Problemas. Y gordos. Voy para allá. En dos minutos estoy en tu despacho.

-Vale, te espero. Pero, ¿puedes decirme algo más?

-El ejército va a atacaros directamente al cuartel.

-¿Cómo dices? –se oyó una voz femenina-. Yo también voy.

Pocos segundos más tarde, Elo irrumpió en el despacho de Ca. Y en unos segundos más, entró Many. Ninguno se acordó de cerrar las comunicaciones de su C.R.

-¿Cuál es la situación?

-El ejército ha planeado acabar ya con las bandas. Y os ha tocado ser los primeros.

-Pero, ¿qué tipo de ataque van a hacer?

-Directo y rápido, sin demasiados supervivientes.

-Oriol a la escucha. Éste podía ser un buen momento para usar vuestras motos. El ejército no se espera que contéis con esa tecnología.

-¡Mierda! Nos hemos dejado el canal abierto. De todas formas, es la mejor idea que tenemos –Ca puso su C.R. en silencio-. Si el ejército está prevenido contra nuestras motos, es que no podemos confiar en él – Ca devolvió el sonido al C.R.

-De todas formas, deberíamos evacuar a la mayor parte de la gente que tenemos aquí –apuntó Many.

-Pero si el ejército tiene noticias de una evacuación, sabrán que los estamos esperando.

-Eso dejádmelo a mí –sonó una nueva voz en los auriculares.

-¡Claro! ¿Cómo no se me había ocurrido? Una evacuación subterránea. Avisa a los topos de la evacuación que vamos a efectuar.

-Sí. Y también voy a mandar algunas personas a la entrada para que os ayuden –añadió Jeul.

-¡Gracias! Polo, ¿estás ahí?

-Sí, siempre aquí.

-¿Cuántas motos gravitacionales tenemos ya?

-Pues, si tenemos dos horas más, tendremos veinte. Si no, sólo quince.

-¿Tenemos dos horas, Elo?

-Creo que podemos intentarlo.

-De acuerdo, Polo. Dos horas. Los demás, preparad una evacuación. Voy a reunir a diecinueve personas que se queden conmigo.

-¿Cómo que diecinueve? Yo me quedo aquí.

-No, Many. Va a ser muy peligroso. Preferiría que escaparas.

-Por eso tengo que quedarme.

-Ila no me perdonaría si mueres. Y yo tampoco. Así que te vas.

-¡No! Con o sin moto, yo me quedo. Así que más te vale darme una, porque si no, voy a tener problemas.

-Eres una testaruda. Siempre lo que tú quieres, ¿no?

-Siento interrumpir, pero yo también me quedo.

-No. Suficiente has hecho avisándonos. Tienes que volver con los payasos. Es una operación delicada. Si caemos todos, las bandas estarán perdidas.

-¿Tengo que ponerme como Many? ¿O pasamos directamente a la acción?

-¿Tengo otra opción?

-No.

-Pues entonces, ¡a la acción!
***

La segunda planta bajo el suelo estaba más llena que nunca. No era una zona muy transitada. La central energética producía un calor superior a los cuarenta grados centígrados. El ganado desprendía un olor al que muy poca gente estaba acostumbrada y los cultivos hidropónicos generaban un microclima en el lugar al que nadie habría sido capaz de acostumbrarse. El aire viciado y pesado dificultaba la respiración. Por ello, las únicas personas que entraban ahí eran las que no tenían más opciones de trabajo. Pero hoy estaba llena. La mayoría de la gente estaba tirada en el suelo y con aspecto demacrado, y eso que los que más tiempo llevaban, llevarían media hora. Los trabajadores del lugar preparaban los ganados y cultivos para trasladarlos. Y la central mantenía los servicios mínimos para dar electricidad a los técnicos. Ca paseó por la zona.

-¡Escuchadme todos! Como sabéis, vamos a desalojar el edificio. Los únicos que van a permanecer en él son unos pocos trabajadores de la central, unos técnicos y nosotros –señaló a un grupo de diecinueve personas, completamente preparadas para la lucha-. Así que, tranquilamente, y en el orden que os hemos indicado anteriormente, iréis entrando en los subterráneos. Cuando la evacuación esté concluida, dinamitaremos la entrada para evitar que el ejército os siga.

Una cabeza asomó por el agujero del subterráneo.

-Estamos listos.

-Ya habéis oído. Todo listo. ¡Que empiece la maniobra de evacuación!

La gente empezó a moverse organizadamente. Ca se acercó a las diecinueve personas y les dio unas instrucciones. Luego se acercó a Many y la separó del grupo.

-¡Ve!

-¿A dónde?

-No seas idiota. A despedirte.

-No hace falta. Nos has dado instrucciones precisas que tenemos que cumplir.

-Pero sé que lo quieres. Venga, ve si no quieres que te obligue a evacuar –Ca le dedicó un guiño cariñoso y dio media vuelta.

Many dudó un momento y luego se metió entre la gente que evacuaba. En dirección contraria a la que llevaba todo el mundo, empezó a buscar entre la muchedumbre. Finalmente dio con Ila. Se paró frente a ella. Ambas se miraron. Su mirada era apenada. Many abrió los brazos y la abrazó.

-No pasará nada –le susurró al oído.

-¿Por qué tienes que quedarte? Si se lo pidieras, Ca te dejaría marchar con los demás… conmigo.

-Pero no puedo. Ca sabe que me necesita, y tú también lo sabes. No te preocupes, pequeña, volveré contigo.

-Pero, aunque vuelvas, esto no terminará mañana. ¿Seguirás peleando?

-No hay otra solución. Estamos en un momento muy delicado…

-Y, ¿qué hay de nuestro momento?

-Luego, Ila, luego…

Many le dio un beso acompañado de una caricia en la mejilla y se marchó. Ila permaneció inmóvil hasta que la perdió de vista, Lugo, retomó el camino. Many volvió junto a Ca.

-Gracias.

-De nada.

-Prométeme una cosa. Si… si yo no…

-Me ocuparé de ella, me encargaré de que no le pase nada.

-Gracias.

La evacuación transcurrió sin incidentes. Ca permaneció constantemente atento a su C.R. y a su T.A.R.:C. De repente se escuchó un ruido en el T.A.R.:C y luego una voz metálica.

-Malas noticias, jefe. El ejército llega antes de lo previsto.

-¡Mierda! –encendió el micrófono del C.R.-. Polo, ¿estás ahí?

-Sí señor.

-¿Cómo van las motos?

-Terminando. Vamos mejor de lo previsto.

-Pues tenemos al ejército encima. ¿Cuánto tiempo necesitáis?

-Veinte minutos.

-¿Cuánto tiempo tenemos hasta que llegue el ejercito? –preguntó por el T.A.R.:C.

-Unos siete minutos.

-¡Mierda! –hizo una pausa para idear un plan-. A todas las unidades: tenemos al ejército encima. Quiero que todos os preparéis para una maniobra de distracción. Tenemos que retenerles unos trece minutos. Todos a la entrada en tres.

Ca salió corriendo y Many lo siguió. Cuando llegó, ya estaban prácticamente todos. Esperaron unos segundos hasta que llegaron las personas que faltaban.

-Bien, todos sabéis cuál es la situación. Si estáis aquí es porque sois de los mejores. Si salimos de ésta, seremos el grupo más eficaz en cualquiera de las bandas. Seremos la elite entre las bandas. Pero para eso tenemos que salir vivos. Tenemos un plan para ello. Pero a nuestros técnicos les falta tiempo para terminar. Así que sólo tenemos dos opciones: o dejamos a alguien aquí a merced de una marabunta de ochos –hizo una pausa para que la repulsión hacia esa idea hiciese que aceptasen cualquier otra-, o salimos todos nosotros a retener a un centenar de militares.

Se hizo una pausa silenciosa. Todos valoraban las posibilidades. Nadie aceptaría dejar a un compañero a un destino tan cruel, pero un ataque directo e improvisado de veinte personas contra más de cien militares organizados era un suicidio. Un carraspeo rompió el silencio y todos dirigieron su vista a un muchacho moreno, alto y delgaducho.

-¡No pasarán! –gritó el muchacho.

Se hizo una pausa en la que todo el mundo se miraba entre sí, afirmaba con la cabeza y finalmente parecieron llegar a un acuerdo silencioso.

-¡No pasarán! –vitorearon los demás.
***

Veinte motoristas salieron velozmente del cuartel de los dragones. Pararon a unos quince metros de la entrada y colocaron algunos explosivos ocultos en latas oxidadas, cajas viejas y objetos similares. Luego se apartaron y se ocultaron a esperar al ejército. Cuatro minutos más tarde, los ochos llegaron a la zona minada. Ca apretó un botón y todas las minas hicieron explosión, matando a muchos soldados rasos de los que se encontraban en cabeza. Sin dar tiempo al ejército para tomar las armas, empezaron a disparar hacia el fuego y la humareda que habían provocado las explosiones. En dos minutos el humo se había despejado y todos los militares que permanecían en pie, todavía demasiados, se habían protegido entre los edificios. Aun así, no pararon de disparar, evitando cualquier movimiento del ejército. Permanecieron de esta manera hasta que Polo informo a Ca por el C.R.

-Vamos a terminar la última moto en cuestión de segundos. Podéis retiraros.

-De acuerdo, que todo el mundo que no sea indispensable empiece la evacuación.

-Ya lo he hecho, Ca. Sólo quedo yo.

-Y, ¿la central?

-Cuando lleguen les avisarán para que se marchen. Una vez hecho, dispondremos de diez minutos más de energía en el edificio.

-¡Perfecto! Si salimos de ésta, te voy a ascender.

-Gracias, pero te recuerdo que tengo el título más alto de los técnicos.

-Da igual –Ca miró a su tropa-. Nos retiramos, vuelta al cuartel.

Los disparos cesaron repentinamente pero, temiéndose una trampa, el ejército tardó en reaccionar. Las motos giraron rápidamente y se dirigieron de vuelta al cuartel.

-¡Están huyendo! ¡Detenedles! –grito algún militar.

Los ochos empezaron a salir de sus refugios, pero con demasiadas precauciones. Para cuando empezaron el contraataque, prácticamente todas las motos habían salido de su alcance. Uno de los disparos impactó en el pecho de uno de los motoristas rezagados y le perforó un pulmón. Cayó al suelo con un grito ahogado por la falta de oxígeno. Otro de los rezagados estuvo tentado de acudir en su ayuda, pero finalmente continuó su camino mientras decía: “lo siento”.

Cuando llegaron al cuartel, Polo los esperaba con las motos voladoras. Cada uno fue montando en la que le había sido adjudicada. Una moto quedó libre y Ca, viendo que Polo la miraba extrañado, le explicó lo sucedido. Polo montó en la moto.

-¿Qué haces? ¿Por qué te montas?

-Porque sobra.

-Pero tú tienes que huir por los subterráneos.

-Negativo. Me he encargado de volar la entrada.

-¿Estás loco? Así no podrás escapar.

-Puedo usar una de estas motos.

-Pero se suponía que todas estaban adjudicadas.

-Digamos que he tenido suerte. Ahora deberíamos seguir, o todo esto no habrá servido de nada.

-Tienes razón. Síguenos. Pero esto no queda así. Luego hablaremos.

Las motos fueron en dirección al puente derruido. En cualquier otra situación habría sido un suicidio. El segundo escuadrón de ochos llegaría junto al puente en poco tiempo, cerrando el camino hacia delante. El primer escuadrón de ochos no tendría demasiados problemas para cortarles la retirada. Y el puente era intransitable.

Efectivamente, el ejército los encerró en cuestión de segundos. Los motoristas, simulando una retirada desesperada, huyeron por el puente. El ejército entró tranquilamente tras ellos, pues ya daban la lucha por ganada. Cuando el puente estaba lleno de militares y los motoristas apuraban los últimos trozos de asfalto del puente, Ca dio la señal. Las motos hicieron un rugido metálico y, como si el asfalto continuase, siguieron conduciéndolas sobre el río. El desconcierto fue general entre los militares. Cuando se hubieron alejado lo suficiente del puente, Ca dio otra señal y Polo presionó un botón. Las columnas que permanecían en pie hicieron explosión y el puente empezó a hundirse, sepultando bajo el agua a los ochos.

-Bonito golpe. No creo que les haga mucha gracia –comentó Polo.

-No te creas. Seguramente no eran más que peones que sustituirán en cuestión de horas.

12. La red

Con la ayuda de los técnicos de Elo, en poco más de un día consiguieron comprender el funcionamiento de las máquinas y, lo que era más importante, cómo poder acceder a través de ellas a la red. Apenas se habían introducido en ella cuando encontraron información suficiente como para hacer llamar a Ca y Elo. En poco tiempo ambos estaban en la sala, así que el técnico jefe procedió a dar las noticias.

-Hemos entrado. Y la buena noticia es que no estamos solos. Al parecer. En el transcurso de la tercera guerra mundial, algunas ciudades quedaron aisladas en zonas de completa destrucción. Ése es el caso de la nuestra. Por lo que hemos podido ver, se lanzaron una serie de ataques fortísimos. Lo único que quedó en pie fue esta ciudad, protegida por los montes que la rodean –todo el mundo escuchaba con atención-. Por eso, ninguna de las veces que hemos salido en expedición fuera de la ciudad hemos encontrado nada.

-Y, ¿cómo has encontrado toda esa información?

-Me lo han dicho.

-¿Cómo que te lo han dicho? ¿Has hablado con alguien?

-Así es –dijo el técnico enorgullecido-. Esta red volvió a usarse después de la guerra. Sin el conocimiento ni el consentimiento de los militares, claro. Fuera de la ciudad, los militares tienen más fuerza de la que podemos imaginar. Y la gente no puede moverse por ahí así, sin más. Así que, como no podían comunicarse con otras ciudades, decidieron usar esta red. Este proceso ha llevado muchos años. Ahora mismo, la mayor parte de la población civil está conectada a esta red.

-Y, ¿cómo es que el ejército no ha hecho nada para impedirlo? Si es tan fuerte como dices, debería haberse dado cuenta, ¿no?

-Y se ha dado cuenta. Pero es imposible deshacerse de una red como ésta. Como mucho, son capaces de aislar una zona o ciudad limitada. Así que la red es el refugio perfecto para la gente que se opone al ejército.

-Perfecto. Es mucho más de lo que esperaba.

-Pero ahí no acaba la cosa. Se ofrecen a ayudarnos. Pero claro, su ayuda es muy limitada. De todas formas, ahora que ya tenemos comunicación, vamos a modificar unos T.A.R.:C para que conecten con este T.A.R. y que, así, podáis comunicaros en cualquier momento y lugar con el exterior. Tendremos una primera remesa, de unos cuatro o cinco, en unas horas. Cuando estén listos, os avisamos. Por cierto, nuestro contacto se llama Oriol.

-Gracias. Podéis seguir trabajando.

Los técnicos siguieron a lo suyo y Ca y Elo salieron en dirección al despacho. Parecían más animados de lo que lo habían estado nunca.

-Has tenido mucha suerte.

-Sí, pero también es importante tener suerte. Ahora vamos a ver a dónde nos lleva esto. Pero, puede ser que… ¿cómo dijiste? ¿Demostrar que la inteligencia artificial que tenemos es una mierda? O ¿intentar descubrir como funcionan unas máquinas antiguas? –hizo una pausa acompañada de una mirada burlona-. Puede que eso nos salve la vida.

-Vale, vale. Pero tienes que reconocer que las posibilidades de que sirviese para algo eran muy escasas. Y todavía más que fuese tan bien como parece.

-Sí, pero todavía tenemos que comprobarlo nosotros mismos. ¿Me acompañas a mi despacho? Tengo unas cervecitas para pasar el rato mientras esperamos.
***

Ca y Elo pasaron un rato en el despacho, hablando amistosamente mientras bebían y comían algo. Ca estaba contando su chiste del soldado y el coronel cuando entró el jefe técnico.

-Ya los tenemos –dejó una caja en la mesa-. Por ahora sólo hay cinco. Los he llamado C.R. (Comunicación Red). Son muy sencillos de usar. La base es la misma que la del T.A.R.:C., pero este modelo incluye una cámara de vídeo para hacer video-comunicaciones. La pantalla es más grande. Y lo más importante es el dispositivo auricular. Es este pequeño casco –sacó un aparato poco más grande que una nuez-. Es el C.R.:A. (Comunicación Red: Auricular). Este pequeño dispositivo no sólo funciona como auricular; también incluye un micrófono. Y, si apretáis este botón –el técnico apretó el botón-, sale esta pequeña pantalla. Se coloca justo delante del ojo y muestra lo mismo que la pantalla del C.R., pero es ligeramente transparente. Es decir, es un C.R. en miniatura, que no necesita apenas la utilización de las manos para usarlo. Lo único que no tiene es una cámara, pero puede recibir la señal del C.R.

-Mejor de lo que esperaba. ¿Podemos probarlos ya?

-Sí, pero os recomendaría practicar primero en una red local –ambos permanecieron quietos esperando que continuara su explicación, así que el técnico continuó-… vamos, que habléis el uno con el otro y probéis sus funciones entre vosotros. Luego ya os meteréis en la red.

-Vale. ¿Qué hacemos?

-Coged uno cada uno. Lo primero que vamos a hacer es adjudicároslos. Es decir, que seréis la única persona que podrá usarlo –el técnico les explicó los pasos a seguir con su propio C.R.-. Bien, ahora esos son sólo vuestros. Y este es el mío. Vosotros veréis a quiénes dais los otros dos.

El técnico continuó con las explicaciones. En poco más de una hora les había explicado detalladamente todas las funciones de los C.R. y los C.R.:A.

-Bueno, nosotros hemos terminado con ello. Si necesitáis más C.R., pedídnoslos. Yo voy a seguir con tu moto.

-Espera. Sólo tenemos dos más. Y deberíamos dárselos a Jeul y Sombra.

-Sí, es justo.

-Pero yo quiero uno para Many. Además, sería bueno que tuviéramos libres tres más, por si alguna de las bandas decide unírsenos. ¿Tú quieres alguno?

-La verdad es que no necesito. Así que serían cuatro más… mejor que sean cinco, por si uno se estropea, o para un apuro de último momento.

-Está bien. Haznos cinco C.R más con sus respectivos C.R.:A.

-Vale, se los voy a encargar a alguno de mis técnicos.

El técnico jefe se marchó del despacho y Ca y Elo continuaron probando sus nuevos juguetes. Ca probó el sistema de mensajería y aprovechó para hacer llamar a Many. Siguieron probándolos hasta que Many llegó. Le explicaron el funcionamiento e hicieron la primera conexión a la red.

-¡Hola! ¿Alguien escucha?

-Hola, soy yo, Polo –dijo el técnico-. Por lo que veo, ya estáis en la red. Pero me indica que sois tres los que estáis entrando ¿Es correcta esa cifra?

-Sí, Many está aquí con nosotros. Pero, ¿qué hay de nuestro contacto? ¿Está por ahí?

-Oriol a la escucha. ¿Cómo va la cosa?

-¿Oriol? Soy Ca. Conmigo están Many y Elo. ¡Encantado!

-Igualmente.

-Bueno, las presentaciones ya están hechas, vamos al grano –dijo Ca.

-Por mí, perfecto. ¿Qué quieres saber?

-Si eres de fiar… Para mí no eres más que una persona incorpórea. Sólo una voz. Como comprenderás, no puedo fiarme de ti sin ninguna prueba. Y lo tienes muy difícil para darnos una.

-Pues no te fíes de mí –dijo en tono bromista.

-No es tan sencillo. La situación es delicada y no podemos permitirnos dejar de lado a un posible aliado.

-Ya. Así que tú eres el que me necesita y sin embargo soy yo el que tiene que demostrar que es de fiar. ¿Lo he entendido bien?

-Más o menos –dijo Ca dubitativo.

-Bueno, pues entonces vale. Puedo darte conocimiento a cambio de tu confianza.

-¿Qué tipo de conocimiento? –preguntó Elo.

-Bueno, la verdad es que ya os he dado algo. Pregúntale a Polo.

-Es verdad. Nos ha ayudado con el problema que teníamos con el motor gravitacional. No conseguíamos controlarlo porque desconocíamos las funciones gravitacionales. Pero ha sido muy fácil averiguar cuáles eran cuando Oriol nos ha enseñado las ecuaciones acaóticas de los núcleos elevadores. Es el concepto más básico de la antigravedad.

-No he entendido nada, pero, ¿funciona?

-Parece que sí. Estamos haciendo volar tu moto y se maneja bastante bien.

-Vale, un punto a tu favor, pero no es suficiente. Además, no deberías saber de nuestros experimentos. La próxima vez cierra el pico y consúltame, Polo.

-Lo siento.

-¿Tienes algo más que ofrecernos?

-Por el momento, no. Prefiero que probéis la moto y me contéis qué tal. Permaneceré a la escucha. Por cierto, sería recomendable que no cerréis el canal, así estaremos en contacto en todo momento.

-Y, de paso, escuchar lo que decimos, ¿no?

-No seas burro, cierra el micrófono.

Ca se avergonzó por su metedura de pata y no dijo más, tan solo cerró el micrófono.

-Que os vaya bien.

-Gracias –respondió Polo.

Ca hizo un gesto de cortar con sus manos y tanto Many como Elo cerraron sus micrófonos y los tres guardaron las pantallas de los C.R.:A.

-¿Qué opináis? –preguntó Ca.

-No sé. Parece que quiere ayudarnos. ¿Qué me dices de la moto? –preguntó Many.

-Sí, la moto es importante. Deberíamos verla con nuestros ojos. Si funciona bien, quizás podríamos darle un voto de confianza.

-No sé, Elo. Pero tienes razón, vamos a probar la moto.

11. Los técnicos

Ca y Elo estaban reunidos en un cuartito pequeño, apartado y oscuro. No tenía ninguna ventana y sólo una pequeña bombilla colgaba del techo. Seguramente, en algún momento, fue un armario para los productos de limpieza. Pero lo que estaba claro es que no era el lugar apropiado para una reunión oficial entre los jefes de las dos bandas principales.

-Gracias por venir, Elo.

-¿Qué hacemos en este cuchitril? Y, ¿por qué tanto secretismo?

-Porque la situación está muy jodida. Claro, tú ya lo sabes, fue Zeu quien me informó.

-Sí, ¿entonces? ¿Para qué me traes aquí?

-Tenemos que hacer algo y rápido. Pero creo que tenemos que ocultar información. No podemos ir diciendo a todo el mundo que estamos muy jodidos y que nos hemos metido con un gigante enfurecido. La gente se asustaría, algunos intentarían la huida y vete tú a saber qué más. Y eso no nos conviene nada.

-Ya, muy listo. ¿Y eso lo has deducido tú solo? ¿O te han ayudado los jefes?

-Muy gracioso, pero no estoy para bromas. Sólo quería confirmar que no decías por ahí más de la cuenta. Tengo un plan.

-Y, ¿qué quieres? ¿Que todo el mundo lo sepa para subirles la moral?

-No, no. Todo lo contrario. Sólo quiero que lo sepa la gente verdaderamente indispensable para el plan. Lo que quiero es que me ayudes.

-¿Y cuál es ese plan?

-Como sabrás, los ochos se comunican con otras ciudades –Elo hizo un gesto afirmativo-. Lo cual confirma nuestras sospechas no sólo de que sigue habiendo civilización en más sitios, sino también de que hay más sitios en los que el ejército está en lucha –Elo hizo otro gesto afirmativo, pero más dudoso que el anterior-. Lo que pretendo es simple: establecer una red de comunicación con esos sitios. Puede que sea imposible o que, si lo conseguimos, no sirva para nada. Pero quiero intentarlo.

-Bueno, pues inténtalo.

-Ya, pero no es tan fácil. Tengo a todos mis técnicos trabajando en ello. Pero también quiero a todos los tuyos.

-¿Y quieres que te dé alguno de mis técnicos así, por las buenas?

-No, no quiero alguno; los quiero a todos.

-Pues claro que te los doy. ¿Y de paso quieres también todas mis armas y terrenos? Es más, voy a dimitir a tu favor –Elo hizo una pausa-. Por favor, ¿me crees idiota? Una cosa es unir a mis personas a un ataque y otra muy distinta darte a mis técnicos. Los necesito para reparar todo el material. Si no, no podremos pelear.

-¡Vale! Pues ven conmigo a ver trabajar a mis técnicos y luego me dices.

-Bueno, pero no creas que me vas a impresionar con facilidad.

-Eso está por ver.

Ca y Elo salieron del cuchitril. Nadie los había visto entrar ni salir y nadie sabría nunca qué se dijo en esa reunión.
***

Ca y Elo bajaron hasta el primer sótano del cuartel de los dragones. Ahí estaban todos los técnicos trabajando en lo que parecían T.A.R. o T.A.L., pero mucho más primitivos. Elo se quedó mirando el primero de ellos. Un técnico estaba manipulándolo. Lo tenía completamente despiezado y estaba acoplándolo a su T.A.R.

-¿Qué está haciendo? –preguntó Elo.

-Bueno, es difícil de explicar… –empezó Ca.

-No señor –lo interrumpió el técnico-. Es un simple acoplamiento de la placa base de este ordenador al núcleo central de mi T.A.R. Es un modelo muy anticuado. El ordenador, claro; mi T.A.R. es de última generación. Pero bueno, lo que decía: que, al tratarse de un modelo tan antiguo, es, no sólo inutilizable, sino también incomprensible para nuestras máquinas. La simplicidad de su sistema binario es excesiva y, paradójicamente, nuestros sistemas operativos, basados en el habitual sistema cuaternario, no son capaces de descifrarlo, lo que nos impide…

-¡Ya vale! ¿No ves que nosotros no somos técnicos? No hemos entendido nada. Tu palabrería no sirve de nada en estos momentos. O eres más concreto o voy donde otro a ver si me lo puede explicar.

El técnico tardó en reaccionar a las palabras de Ca y la cara de embobamiento que se le quedó, habría resultado hasta graciosa, pero en otra situación.

-Sí, claro, lo siento. Lo que quiero decir es que es un sistema demasiado simple y por ello los cerebros positrónicos… –el técnico se detuvo al ver la mirada acusadora de Ca-. Vamos, quiero decir que la inteligencia artificial de nuestras máquinas no es capaz de descifrarlo.

-¡Perfecto! No es capaz de descifrarlo. Con eso creo que ganaremos al ejército.

-Tu sarcasmo empieza a aburrirme, ¿sabes?

-¿Qué pretendes que te diga? Me traes aquí para enseñarme cómo tus técnicos demuestran que la inteligencia artificial que tenemos es una mierda. O para enseñarme cómo intentas descubrir el funcionamiento de unas máquinas antiguas. O yo qué sé qué es lo que pretendes. Pero si este es tu gran plan, es una mierda. Como lo seremos nosotros de aquí a unos días.

-¿Quieres callarte? Déjame que termine de explicártelo. Y si luego eres tan cabeza hueca que no eres capaz de ver la genialidad del plan, puedes criticarlo si quieres. Pero, desde luego, me decepcionarías.

-¡Vale! ¿Necesitas que me disculpe? –se hizo un pequeño silencio-. Pues, entonces, sigue con la explicación.

-Estas antiguas máquinas eran capaces de comunicarse entre sí.

-Bien… y nuestros T.A.R. también.

-Ya, pero no es lo mismo. Los T.A.R. trabajan con una conexión inalámbrica. Cada uno contacta con el T.A.R. más cercano y éste, a su vez, con el siguiente más cercano hasta, así, realizar la conexión entre dos T.A.R. Pero no pueden conectar con nadie fuera de la ciudad, porque en los alrededores no hay quien reciba la señal.

-Lo que podría significar que estamos solos.

-Podría. Pero hay otra forma de intentarlo. Estas antiguallas se conectaban con máquinas similares en cualquier parte del planeta.

-Sí, sí. Dicen lo mismo de los T.A.R.

-Ya, pero la diferencia es que la red, en este caso, era física. Así que podemos recorrer una gran distancia hasta dar con alguien en esta red.

-¿Podemos?

-Teóricamente sí. Pero necesitamos más gente para acabar cuanto antes –dijo el técnico.

-Yo he retrasado todos mis proyectos por este plan. Incluso –dijo Ca con resignación- las modificaciones en mi moto.

-Sigo sin fiarme de tu idea. Pero voy a dejarte a mis técnicos por dos días. Si en ese tiempo no tenemos ningún resultado, se vuelven conmigo. ¿Entendido?

-Sí. Entendido.

10. Segundo asalto

Ca estaba frente al puente con un cañón láser en una mano y un T.A.R.:C. (Terminal de Acceso Restringido: Comunicación) en la otra. Many aguardaba a su derecha y Elo a la izquierda. Estaba completamente concentrado en el edificio circular que había al terminar el puente, cuando se oyó una voz metálica.

-Águila-1 a Dragón. Águila-1 a Dragón. ¿Me captas?

-Te capto, Águila-1. ¿Cuál es la situación?

-El escuadrón guía llegará en unos dos minutos a tu posición. Parece ser que han sufrido bajas. Por lo que veo, diría que media docena.

-De acuerdo, Águila-1. Dragón a todo el personal. Recuento.

-Águila-1 a la escucha.

-Águila-2 a la escucha.

-Siempre contigo –dijo el jefe del escuadrón de ataque.

-Mecánicos listos.

-También nosotros.

-El escuadrón guía está al llegar. Repito. El escuadrón guía está al llegar. Todos a sus puestos. Atentos a mi señal.

Se hizo un silencio absoluto. No hubo movimiento alguno por ninguna de las personas que esperaban en la zona, por lo menos ninguno perceptible por el ojo humano. Se empezó a oír un zumbido al fondo. El zumbido fue poco a poco convirtiéndose en una estampida de motos. Pero nadie se movió. Las motos eran perseguidas por motos, coches y camiones militares. Los motoristas estaban claramente en desventaja, pero nadie acudió a socorrerlos. En su huida desesperada llegaron al puente. Después de haber alcanzado la mitad del puente, fueron rodeados por los motoristas militares y continuó la masacre. Entonces, Ca movió el brazo suave y despacio, pero con decisión, hasta acercar el T.A.R.:C. a su boca y apretó el botón que le daba la señal.

-Dinamita.

Segundos después de pronunciar esa palabra, el edificio circular que había al otro lado del puente explotó, impidiendo toda retirada. Aprovechando el desconcierto que la explosión había causado, Ca dio su siguiente señal.

-Puente.

Junto con su señal, un ruido mecánico empezó a sonar y un temblor recorrió el puente. Segundos más tarde, éste se partió por el centro y cada una de sus mitades empezó a levantarse. Antiguamente este mecanismo se usaba para permitir el paso a los barcos más grandes, pero gracias a los arreglos que habían realizado los mecánicos, el puente se abrió a mayor velocidad de la habitual, impidiendo reaccionar a los militares. Algunos cayeron a un lado del puente, otros al otro y los más desafortunados cayeron al agua. Ca dio la tercera señal mientras el puente todavía se abría.

-Granadas.

Un grupo de personas armadas con lanzagranadas salió de cada una de las dos entradas de un paso subterráneo próximo. Se colocaron en fila y, a la voz de fuego, dispararon todos al otro lado del puente. Las explosiones se sucedieron, así como llamaradas y columnas de humo de los vehículos reventados. Cuando el ataque hubo terminado, Ca dio otra instrucción.

-¡Al ataque!

Ca, Many, Elo y una docena de personas equipadas con cañones láser corrieron hasta el grupo de militares tirados en el suelo. Una vez junto a ellos, dispararon hasta haberlos matado a todos. No tuvieron resistencia, ya que muchos habían sufrido roturas y contusiones y no les dieron tiempo a prepararse para defenderse. En ese momento se oyó un zumbido que Ca reconoció al instante.

-¡Atrás! ¡Plataformas!

Todo el mundo, tanto las personas equipadas con cañones láser como los de los lanzagranadas y los supervivientes del escuadrón guía, corrieron a una hasta colocarse en posición de ataque a unos cincuenta metros del puente. Quince plataformas aparecieron por encima del puente elevado. Se tambaleaban peligrosamente y no alcanzaban la altura suficiente. La primera plataforma rozó el puente, perdió completamente el equilibrio y terminó estrellándose. Los demás, viendo lo ocurrido, bordearon el puente.

Aprovechando la poca movilidad que tenían las plataformas, lanzaron un ataque con el que consiguieron derribar a siete de ellas. De las siete restantes, cuatro dieron media vuelta. Un láser impactó en una de las que intentaban la huida y la derribó.

-Olvidaos de ésas. Impedid que aterricen las que vienen.

Todo el mundo obedeció y, en pocos segundos, las tres plataformas explotaron.

-¡Descarga! -chilló Ca.

Los lanzagranadas apuntaron al otro lado del puente y descargaron todas las granadas que les quedaban. El ataque no duró ni un minuto. Cuando hubo finalizado, el caos y la destrucción eran totales. Era poco probable que alguien hubiera sobrevivido al ataque. Pero tampoco importaba demasiado, ya que casi era mejor que los militares tuvieran información de primera mano de lo que había pasado.

-Bien hecho. ¿Alguna baja?

-No, ninguna –respondió Many después de hacer un recuento.

-Perfecto, volvemos a casa.

-Buen trabajo, Ca –dijo Elo.

-¿Lo ves? Te lo dije: sólo fue un lapso momentáneo. No pasa nada.
***

Ca estaba en su despacho cuando llegó Zeu.

-Muy buena estrategia, Zeu. Hemos arrasado. Ni una baja en nuestro bando.

-Sí, sí. Ya, ya. Pero ahora tenemos asuntos más importantes que las alabanzas. Tú no eres el único que tiene espías entre los ochos.

-Bueno, la verdad es que ya no los tengo. Los han localizado a todos en un solo día. Y eso que algunos llevaban años en el ejército. La verdad, no me lo explico.

-Sí, los nuestros también están cayendo. A los pocos que nos quedan les hemos recomendado que se vayan. Pero, todavía nos quedan dos informadores. Lo que nos han dicho es muy preocupante –en ese momento Ca empezó a prestar verdadera atención a sus palabras-. Al parecer se han aliado con algún ricachón que está uniendo los ejércitos de varias ciudades.

-Sí, algo de eso habíamos oído.

-Pero eso no es todo. También tienen comunicaciones con otras ciudades y pueden pedirles ayuda y tener información de otros sitios. Si no, ¿de qué iban a tener tanta fuerza los ochos?

-Pues si ellos tienen comunicaciones, nosotros también podremos tenerlas. Voy a poner a los técnicos a ello –Ca hizo un amago de marcharse, pero Zeu lo detuvo.

-Sí, es una buena idea, pero ahí no acaba la cosa. Sabemos qué están haciendo con nuestra gente, con todos los presos que han tomado. Los utilizan para experimentos con personas. No sé de que clase, pero conociéndolos, seguro que los torturan y maltratan.

-¡Mierda! Eso no es bueno, nada bueno. Seguro que prueban nuevas armas. Hay que averiguar qué pretenden. No podemos pelear a ciegas con ellos. Esto es más urgente de lo que creía. Si no hacemos algo pronto, nos van a superar –Ca se estremeció e intentó marcharse, pero una duda lo asaltó-. ¿No quedará nada más? –tras la negativa de Zeu, Ca continuó-. Menos mal. Voy a poner a todo el mundo a trabajar ahora mismo. Dile a Elo que quiero hablar con él lo antes posible. A solas. Y que nadie se entere de que nos reunimos –Ca hizo otro amago de irse, pero se volvió y continuó hablando-. Ah, gracias por la información. Si tenemos suerte, puede que nos salve la vida –finalmente se marchó de su despacho, dejando en él a Zeu.

9. Los juegos de Morgana

Llegó la noche y Ca, Elo y otras doce personas -seis dragones y seis payasos- fueron al encuentro de los payasos de Rob. Estaban en lo que antaño era un parque y ahora, en territorio de los payasos, se había convertido en una zona de entrenamiento. Lo que fue un estanque, probablemente con patos, era ahora una enorme jaula dividida en secciones. En ella se practicaban juegos crueles en los que mucha gente perdía la vida. Junto a la jaula se encontraban los rivales. El que parecía ser el líder se acercó a Elo. Llevaba una máscara blanca que cubría su rostro, y las ropas anchas y holgadas impedían distinguir si se trataba de una mujer o un hombre. Se inclinó con una reverencia burlona.

-Nuestro amado líder y señor, el grandísimo Elo, nos honra con su visita.

-Morgana, ¿te importaría terminar esta patraña? No estamos aquí en una visita cordial.

-¿Patraña? ¿Patraña dices? ¿Cómo te atreves? La única patraña aquí eres tú. No mereces el puesto que te han dado.

-No opina eso la mayoría de los payasos.

-Porque la mayoría de los payasos no sabíamos que nos traicionarías de esta manera. Pero estamos aquí para jugar. ¡Que empiecen, pues, los juegos!

-Sólo una persona tan sádica como tú podría llamar juegos a esto. ¿Qué tenemos que hacer?

-Por el momento, darme a dos personas.

Tras una pequeña selección, salieron una persona de cada banda. Morgana los condujo dentro de la jaula y luego metió a cada uno de ellos en una sección, completamente incomunicado del otro. Luego hizo lo mismo con dos de sus hombres.

-Esta prueba es muy sencilla. Cada sección esta completamente incomunicada. Tienen un botón. La persona que está dentro deberá decidir si quiere pulsarlo o no. Pero toda acción tiene una consecuencia. Si las dos personas pulsan el botón, ambas morirán. Si sólo lo pulsa una de ellas, esa persona sobrevivirá y la otra morirá. Y si ninguno de los dos lo pulsa, ambos morirán. Veamos, pues, qué pasa. Tienen cinco minutos para decidir qué hacer con el botón.

Morgana dio por terminada la explicación y no volvió a hablar hasta pasados los cinco minutos. Mientras, observó la jaula sin casi pestañear, a pesar de que era imposible que nadie saliera de ella.

-Bueno, ya se ha terminado el tiempo. Veamos qué ha pasado –hizo un gesto con la mano y, a su señal, cuatro personas se dirigieron a cada una de las secciones y las abrieron-. ¡Huy, que pena! Parece que ninguno pasa la prueba. ¡Qué le vamos a hacer! Siguiente prueba.

-¿Qué clase de monstruo ocultas tras esa máscara?

-¡Ay, qué niño más rico! Quiero que el rubito participe en la próxima prueba –el chico rubio nunca estuvo tan arrepentido de haber hablado-. ¿Qué os parece una pelea? Bueno, ¿qué más da? Aunque no os guste la idea, las reglas las hago yo.

Morgana soltó una risa exagerada que sólo pretendía enojar a sus rivales.

-¿Qué clase de pelea? –preguntó Ca.

-Muy simple. Dos personas. El rubito contra Mastodonte.

Un hombre de unos dos metros de alto y casi tanto de espalda dio un paso al frente.

-Es una pelea injusta –se quejó Elo.

-Espera, nuestro gran líder –hizo una pequeña pausa para disfrutar de su burla-. La cosa no acaba ahí. Mastodonte peleará con las manos desnudas. El rubito podrá elegir un arma. Pero, claro, una de las armas que yo le ofrezca. ¡Ven aquí, muchacho!

El muchacho rubio miró asustado a Ca, quien le hizo un gesto con el que pretendía decir “lo siento”. Así que, despacio y con miedo, el rubito se acercó a Morgana.

-Bien, elige tu arma –mientras decía esto, sacó una manta en la que tenía guardadas diferentes armas.

-Pero… ¿Qué es esto? ¡Eso no son armas!

Morgana se rió con su risa estridente y forzada, una vez más, con la intención de incomodar al muchacho.

-¿Cómo que no son armas? ¿Acaso quieres que te clave este picahielos en el pecho? Y, ¿qué me dices de estos tenedores? La verdad, tiene que ser muy incómodo que te claven uno. ¿No te parece? –Morgana volvió a reírse con su, ya, habitual risa -. Entonces, dime, muchacho. ¿Qué arma quieres?

-Pues, no sé. Es que ninguna parece útil.

-Tienes dos minutos para elegir. Si no coges una, te quedas sin ella.

Uno de los dragones estuvo a punto de reprocharle su crueldad, pero se lo pensó dos veces y, al final, decidió permanecer callado. Mientras, el muchacho rubio miró, una a una, todas las armas que Morgana le ofrecía y valoró las posibilidades de cada una de ellas.

-Tic-tac, tic-tac, muchacho –lo apremió Morgana.

-Ésta –dijo dudoso-. Me quedo con ésta.

-¿Ésa? Pero si es la peor de todas –rió Morgana.

-No estés tan segura, bruja. Una escoba como ésta tiene mucha utilidad.

-Está bien. Pues que empiece la pelea. Por cierto, muchacho, no hace falta que limpies la jaula. De todas formas, tendrán que volver a hacerlo cuando acaben contigo.

El muchacho rubio y Mastodonte entraron en la jaula. El muchacho colocó su pie sobre la escoba y tiró de ella, separando el palo de la base. Retiró la base con el pie y agarró el bastón con ambas manos en una posición defensiva. Era un bastón metálico, pero no demasiado duro, así que, como protección, no le serviría de mucho.

Mastodonte, haciendo honor a su nombre, salió corriendo con la cabeza por delante en dirección al muchacho. Éste tomó una de las puntas del bastón y la estrujó. La alzó como si de una lanza se tratara y Mastodonte, que no había visto la jugada, siguió corriendo hasta quedar clavado con la punta del bastón atravesando uno de sus ojos. El muchacho cayó por la fuerza del impacto, mientras Mastodonte yacía tendido en el suelo. Morgana se acercó a la jaula, completamente irritada.

-¡Felicidades, muchachote! Me has sorprendido. Parece que te has salvado. Pero esto no quedará así. No te mato ahora mismo porque las reglas no lo permiten. Pero puede que sean tus amigos quienes lo hagan –su risa era esta vez mucho más forzada que de costumbre-. La próxima prueba va por cortesía de… ¿Cómo te llamas, muchacho?

-Me llaman Rayo –dijo con una seguridad y confianza que no había mostrado hasta entonces.

-Bien, entones, la próxima prueba deberéis agradecérsela a Chispita. Que vengan cinco personas. No, mejor que vengan seis –tras unos segundos, seis personas dieron un paso al frente-. Acercaos, no voy a comeros, prefiero torturaros –su risa recuperó el tono habitual-. Entrad en la sección cinco de la jaula. En la zona derecha.

La sección cinco estaba dividida en cuatro partes. Las seis personas hicieron lo que les había dicho. Mientras, otras seis personas entraron en el extremo opuesto, quedando, entre los dos grupos, dos partes más.

-Esta prueba es muy sencilla. Vamos a tirar seis ametralladoras en las zonas intermedias. Luego abriremos vuestras jaulas a la vez. Lo único que tenéis que hacer es correr a por una ametralladora y disparar. Si conseguís matarles antes de que cojan sus ametralladoras, mejor para vosotros. Los de fuera, abrid bien los ojos, que esta prueba no suele durar mucho.

Morgana hizo un gesto con la mano y las dos zonas se abrieron. Todos salieron en estampida sin preocuparse lo más mínimo de los demás. El primero en coger una ametralladora fue uno de los payasos de Rob. Éste lanzó una primera ráfaga. Las balas impactaban con gran violencia en los cuerpos. Eran balas explosivas. Una chica, que se encontraba en cabeza del otro grupo, recibió el impacto de la mayoría de las balas de esa primera ráfaga. La explosión fue tan fuerte que ninguno de los restos que quedaron medía más de un centímetro. También explotó la cabeza de uno de los chicos que corría y el pecho del que estaba detrás de él.

Tras el primer ataque, una chica de cabellos rubios saltó a por una de las ametralladoras y, desde el suelo, lanzó su primera ráfaga. Los tobillos de cuatro personas reventaron y éstas cayeron al suelo. Aprovechando la situación, los dos chicos que quedaban sin ametralladora cogieron una cada uno y dispararon contra los dos payasos de Rob que quedaban en pie.

-No ha sido tan difícil –dijo uno de los chicos-. Creo que hemos vuelto a ganar.

El chico dio media vuelta para marcharse y, entonces, cuatro balas atravesaron su pecho, reventándolo en mil trocitos. La chica disparó contra los payasos que tenían el tobillo destrozado. Pero antes de que todos los payasos murieran, alguno consiguió lanzar una nueva ráfaga y mató a las dos personas que quedaban.

-Parece que esta vez gano yo. Aunque no con muy buenos resultados –miró a la jaula con desprecio-. Sacad a ése de ahí. Me estoy cansando ya de estos juegos. Vamos a por un último juego antes del plato fuerte –hizo una pequeña pausa y miró a las personas que quedaban en el grupo contrario-. Vamos a ver: estáis vosotros dos, para luego claro, Chispita, que se ha salvado, y sólo tres personas más. Veamos a qué podemos jugar… ¡Ya lo tengo! ¡Que vengan los tres!

Las tres personas se acercaron. Morgana separó a dos de ellos y los esposó juntos. Luego los metió en una zona de la jaula e introdujo en otra a la persona restante. En otra metió a una pareja de payasos de Rob y en la otra a uno solo. Entregó a los que estaban solos una pistola con una sola bala.

-El juego es muy sencillo. Un grupo se peleará contra el otro. Pero aquí tenemos cuatro grupos. Los que van a elegir quiénes van a pelear son los que he dejado a solas. Por cierto, mi solitario se llama Rufo. ¿Y el vuestro?

-Me llamo Ave, gracias por preguntar –dijo con gran desprecio.

-Lo que tenéis que hacer es muy simple –dijo dirigiéndose a Rufo y Ave-. Si queréis que peleen los otros dos, sólo tenéis que pegaros un tiro en la cabeza. Por el contrario, si preferís pelear, disparad al suelo. Nosotros nos encargaremos de matar a la pareja. Así que vosotros elegís.

Ave era un chico joven de los dragones. Este, con mano temblorosa, levantó la pistola y la introdujo en su boca. Las lágrimas corrían por su cara mientras su amigo, que era uno de los de la pareja, le suplicaba que no lo hiciera. Entonces, un disparo silenció a todo el mundo y el muchacho cayó de rodillas al suelo.

Mientras, Rufo miraba atentamente la pistola, sin hacer ningún movimiento. De repente soltó un grito de rabia y furia. Alzó la mano con rapidez y decisión y metió la punta de la pistola en su boca. Pero un segundo más tarde la apartó y disparó al suelo. Se desplomó tembloroso y con los ojos llorosos.

Una persona con una ametralladora, a la orden de Morgana, alzó el arma y descargó el cargador al completo contra sus compañeros enjaulados.

-Bueno, ya podemos empezar. Esta vez tenéis ventaja, son dos contra uno. Pero deberán permanecer unidos por sus esposas. Además, creo que mi Rufo se basta para matar a vuestros dos monigotes.

-Preferiría que nos llames por nuestro nombre. No vaya a ser que te matemos sin que lo sepas.

-¡Ay, que gracioso! Pues, ¿cómo te llamas?

-A mí me llaman Tinto. Él es Bera.

-Tinto, Bera, encantada de veros morir. ¡Que empiece la pelea!

Tinto y Bera empuñaban sus espadas en posición de ataque. Permanecieron un rato sin moverse, sólo mirándose. Bera estornudó y, sobresaltado, Rufo arremetió contra sus oponentes. Tinto y Bera hicieron lo mismo. Rufo golpeaba con sus dos espadas como si de mazas se tratara. Bera también usaba la suya como un garrote. Pero Tinto, que la manejaba con la derecha, la movía con más soltura. Tras unos segundos de golpes y empujones, Rufo clavó su espada en el pecho de Bera y, aprovechando la distracción que esto había causado, Tinto amputó la mano izquierda de Rufo. Acompañado de un grito de dolor, Bera sacó la espada de su pecho y retrocedió hasta una distancia prudente, arrastrando a Tinto. Bera cayó al suelo, convulsionándose.

-¡Mierda! ¿Cómo estás?

Bera intento decir algo, pero, en lugar de eso, de su boca sólo salió sangre. Rufo, con intención de aprovechar la situación, tomó la espada que le quedaba en posición de estocada y corrió hacia Tinto. Éste no podía levantarse por el peso del cuerpo de su compañero, así que, con un movimiento rápido de muñeca y cadera, le clavó la espada a Rufo desde abajo. Pero el movimiento no fue lo suficientemente rápido y la espada de Rufo atravesó el hombro de Tinto. Los tres estaban tirados en el suelo, heridos. Pero sólo la herida de Tinto no era mortal.

Seis personas entraron en la jaula y, tras separar a los esposados, de dos en dos, cogieron los cuerpos. A Tinto lo dejaron junto a Rayo. A los otros dos los dejaron con los cadáveres, a pesar de que todavía estaban vivos.

-Y, ¡la prueba final! Ésta es la mejor de todas. Pero necesitamos más espacio. Así que voy a abrir todas las secciones. Tendremos toda la jaula para nosotros. Vamos a tener que esperar. Pero no creo que os importe.

Morgana hizo una señal y todos sus súbditos empezaron a trabajar. En pocos minutos, el interior de la jaula estaba completamente vacío. Morgana hizo meter cuatro motos idénticas y luego invito, con un gesto amable, a entrar a Ca y Elo. Seguidamente, Morgana y un muchacho entraron en la jaula.

-Esto es muy sencillo. Es una pelea de verdad. Una pelea de motos. Así que, cada uno, coged una moto –hizo una pausa y, al ver que no montaban, continuó-. Son todas iguales, por si os lo estáis preguntando –esperó a que Ca y Elo montaran en las motos-. Si miráis bien, encontraréis una pistola en cada moto. Tienen una única bala –dejó tiempo para que comprobaran sus cargadores-. Sólo se podrá salir de aquí cuando uno de los equipos esté muerto. ¡Encended los motores!

Las cuatro motos arrancaron y empezaron a dar vueltas por la jaula para coger velocidad. Tras unos minutos, un disparo al aire anunció el principio de la pelea. Ca, al estar más próximo a Morgana, se acercó en su persecución. Mientras, Elo y el chico, que estaban cada uno en una punta de la jaula, se colocaron uno frente al otro y avanzaron a toda velocidad. Esperaron a estar lo suficientemente cerca para levantar sus pistolas. Pero, aun así, ninguno disparó, ya que las posibilidades de acierto eran casi nulas. La estrategia parecía ser la de pasar uno junto al otro y disparar en ese momento. Pero, cuando estaban a sólo dos metros, Elo hizo un cambio repentino y tiró la moto al suelo. El chico, que no pudo reaccionar a tiempo, chocó contra la moto y salió lanzado por encima de ella. El impacto lo dejó aturdido, así que Elo aprovechó ese momento para acercarse y dispararle en la cabeza.

-¡Uno menos! Voy a ayudarte –fue donde las motos y vio que ambas estaban destrozadas-. Negativo, tío. Las motos han caído, no puedo seguirte.

Ca levantó el pulgar en señal afirmativa. Continuaba persiguiendo a Morgana. Pasaron varias veces junto a Elo, y Morgana pudo haberlo matado. Pero prefirió guardarse su disparo para Ca, quien, ahora mismo, sí que era un peligro. Entonces, Ca aceleró su moto repentinamente y se colocó a la par de Morgana. Le dio un puñetazo en la cara, pero la máscara que llevaba absorbió la mayor parte del golpe, rompiéndose, mientras Morgana perdía el equilibrio y caía al suelo. Trozos de su máscara se incrustaron en la mano de Ca, dejándola cubierta de sangre.

Ca viró con su moto y fue hasta donde Morgana estaba tirada. Se acercó a ella, apuntó con su pistola a la cabeza y entonces le pasó algo que nunca antes le había ocurrido. Se fijó en su rostro, antes cubierto por la máscara. Era una mujer muy guapa. Tenía la piel blanca y los labios rojos. Sus ojos rasgados estaban decorados con pintura negra y su pelo, también negro, se revolvía juguetonamente por el suelo. Aprovechando el atontamiento repentino de Ca, Morgana alzó su mano con la pistola en ella. Un repentino disparo sacó a Ca de sus ensoñaciones. La mano derecha de Morgana había desaparecido. Elo, que tenía la pistola de su víctima entre las manos, era quien había hecho el disparo.

Tenía que matarla. Pero, por primera vez en su vida, no quería hacerlo. Se le ocurrían muchas cosas que hacer con Morgana, y entre ellas no estaba la de matarla. Pero tenía que hacerlo. Ca cerró los ojos, bajó la pistola hasta la altura del pecho y, cuando los abrió, Morgana yacía en el suelo con el pecho ensangrentado. En ese momento, un hombre abrió la puerta de la jaula.

-Habéis ganado. Las reglas son las reglas. Pero no contéis con nuestra ayuda.

Ca y Elo salieron de la jaula. Fueron a donde Rayo y Tinto, que estaban sentados en un banco, descansando del esfuerzo realizado. Tinto permanecía consciente. Pero, por la cantidad de sangre que había perdido y la que seguía perdiendo, no seguiría mucho tiempo así. Elo se acercó a Rayo.

-¿Puedes llevar a Tinto? Necesita curación urgente.

-Y, ¿vosotros?

-Luego te cogemos. Tenemos que hablar.

Rayo montó en su moto y Elo y Ca ayudaron a Tinto a subirse. Esperaron a quedar completamente solos en el parque.

-¿Qué te ha pasado?

-No lo sé.

-Eso no me vale. Si te pasa lo mismo mientras peleamos contra los ochos, estamos muertos. La gente confía en ti. Si tú te desanimas, ¿qué crees que pasará con la gente? Y yo me juego mucho al estar contigo. Así que ya te estás explicando.

-Te juro que no lo sé. Hace una semana la habría matado sin miramientos. Pero ahora, me he quedado atontado, mirándola. En vez de verla como la asesina que se suponía que era, la veía sólo como una mujer. Y encima, me gustaba.

-¿Qué tontería es esa?

-Sí. No lo sé. Pero la verdad es que hace una semana tampoco me habría importado que tú tuvieras unos desertores. Y sin embargo, ahora estaba preocupadísimo y me sentía culpable por ello.

-Y, ¿qué vas a hacer?

-No volverá a pasar.

-Eso espero. Al más mínimo síntoma… te abandono.

8. Desertores

Ca estaba ultimando los preparativos para el próximo ataque a los ochos cuando Jon entró en su despacho. Traía consigo un paquete envuelto en papel de periódico. Ca se esperaba lo peor, pero cuando lo abrió, se llevó una sorpresa. Era una matrícula, como había previsto. Pero no era una de sus matrículas. Además, para mayor sorpresa de Ca, la matrícula estaba firmada por los payasos.

-Jon, ¿sabes quien ha dejado esta matrícula?

-No, ni idea. Estaba en la entrada. A mí sólo me han dicho que te la entregue.

Entonces, Ca se fijó que en la parte interior del periódico había algo escrito. Así que cogió el papel arrugado y lo estiró sobre la mesa. En el podía leerse:

“Payaso traidor,
que entregas tu corazón
a un asqueroso dragón,
pagarás por tu error”

Ca lo leyó atentamente varias veces. Finalmente miró a Jon con cara preocupada e hizo fuerza para sacar un hilillo de voz.

-Haz llamar a Elo –el tono de su voz era preocupado y a la vez disgustado.

Jon se marchó sin hacer preguntas. Ca se sentó en una silla frente al periódico y la matrícula. A pesar de que sabía que Elo tardaría más de una hora en llegar, decidió esperarle sentado. Mientras esperaba, no pudo hacer otra cosa que mirar la matrícula y, por primera vez en la vida, pensó quién podría ser el muerto, si tendría familia y si su muerte habría sido dolorosa. No sabía muy bien por qué, pero se sentía culpable por una muerte que él no había cometido. Finalmente, cuando Elo entró por la puerta, Ca estaba tan sumergido en sus preguntas que ni se enteró. Elo esperó un poco y, al ver que no reaccionaba, le llamó.

-Ca, ¿estás bien?

-Sí, sí. Lo siento. Estaba pensando en algunas cosas. Siéntate, por favor.

Mientras Elo se sentaba, Ca se fijó en él por primera vez. Era una persona de aproximadamente su misma altura. Su pelo, negro y rizado, le caía hasta la altura de los hombros. Vestía una camiseta granate con dos franjas azules en las mangas. Ca le miró con pena y le mostró la matrícula.

-¿La reconoces?

-Sí, es la matrícula de Kerven. ¿De dónde la has sacado?

-Me ha llegado hace un rato. Mírala por detrás, está firmada.

-¿Quién ha sido? –Ca le hizo un gesto para que mirara la matrícula y Elo la giró-. No puede ser. Esta es nuestra firma. No tiene ningún sentido.

-Sí que lo tiene. Mira la nota que han dejado junto a ella –Ca le mostró la nota y cuando la hubo leído, continuó-. Parece ser que no le ha gustado a todo el mundo que te unieras a nosotros.

-Y, ¿qué iba a hacer? Saben muy bien que no teníamos otra salida.

-Ya. Pero sea como sea, tenemos que acabar con tus parásitos. A ti no te vienen bien, y a mí tampoco. ¿Sabes quiénes pueden ser?

-Sí. Seguro que son los payasos de Rob. No son muchos, pero eran fieles seguidores de Rob. Algunos, incluso opinaban que Rob era demasiado blando. Desde que le mataste, su misión principal es matarte. Y desde luego, no me van a perdonar que yo esté contigo.

-Bueno, eso tiene fácil arreglo entonces. Está claro que esta matrícula es un desafío. Pues aceptemos el desafío. Quiero hablar con ellos. ¿Podrías conseguir una cita?

-No sé. Seguramente no. Cuando se lo proponga, ellos pondrán las reglas y ya está. No creo que nos den más opciones.

-Suficiente. ¿Para cuándo crees que las tendremos?

-Pues, si salgo ya, calculo que nos habrán retado para esta noche.

-Mejor todavía. ¿A qué estás esperando?
***

Cuando Elo volvió al despacho de Ca, éste estaba más relajado. Se acercó a la mesa y se sentó en la silla de invitados.

-¿Qué tenemos?

-Más o menos lo que te dije.

-Perfecto. ¿Esta noche entonces…?

-Sí, pero… -Elo dudó sobre lo que iba a decir-. Las noticias no son tan buenas. Dicen que nada de negociaciones. Quieren la jaula. Y quieren que nosotros participemos en sus juegos.

-Bueno, pero ¿también participará su líder, o lo que sea?

-Sí, pero no sé yo si la jaula es una buena idea.

-Le verdad es que preferiría las negociaciones. Pero si no hay mas remedio… Tú mismo lo dijiste: ellos ponen las reglas.

-Ya, pero estamos hablando de la jaula.

-Bueno, no seas plasta. Tenemos que deshacernos de ellos. Si esa es la única manera, que así sea.

7. Siete

La Sala estaba esta vez medio vacía. Había una mesa redonda en el centro y siete personas sentadas en ella. Detrás de cada persona había más personas sentadas. Las siete personas fueron una a una levantándose y presentándose a los demás.

-Soy Carlos. Todos me conocen como Ca. Soy el nuevo líder de los dragones.

-Me llamo Beda. Lidero a los predadores desde hace cuatro años.

-En representación de los lagartos he venido yo, Eón.

-Jarro, líder de los puños metálicos.

-Me presento como nuevo líder de los payasos, Elo.

-Soy Sombra, líder de los merodeadores oscuros.

-Yo soy Jeul, el líder de los topos y aliado de los dragones.

Una vez hechas las presentaciones, todos se sentaron. Se hizo un pequeño silencio. Al final, Ca empezó a hablar.

-Sé que me he saltado unos cuantos pasos para reuniros hoy aquí. Pero no tenía otra posibilidad. No sé cómo, pero parece que el ejército es más fuerte hoy que ayer. Y mañana será más fuerte que hoy. Si no hacemos algo rápido, van a acabar con nosotros. Mi propuesta es sencilla: unámonos las siete bandas y luchemos con todos nuestros efectivos en un solo flanco. ¿Qué decís?

-Yo creo que puedes meterte tus jodidos planes por donde te quepan –dijo el líder de los puños metálicos-. El lío en el que estamos metidos es culpa tuya. Arréglatelas tú solito. Es más, ¿por qué no te entregamos a los ochos? Así nos salvaríamos los demás.

-La historia es curiosa a veces –comentó Jeul-. Resulta que los cobardes somos nosotros. Vosotros erais los que hablabais de posibles uniones para ser más que el ejército. Pero cuando se necesita de verdad, no sois capaces de meteros en una lucha abierta.

-¿Y tú? ¿Te crees valiente? Lo que eres es un jodido loco. Declararse en guerra contra el ejército siendo sólo vosotros dos es una locura.

-Por eso te he hecho venir, Beda. Por eso os he reunido. Para convertir esa locura en una posibilidad. Y convertir esa posibilidad en una realidad.

-No cuentes conmigo.

-Apoyo a Beda, tampoco cuentes con los puños metálicos.

-Pues puedes contar con los payasos, Ca. Sé que en el pasado hemos tenido nuestras diferencias. Pero hubo una vez en la que luchamos juntos contra los ochos. Volveremos a luchar juntos, pero esta vez venceremos.

-Está bien, gracias, Elo. Ya somos los dragones, los payasos y los topos. ¿Qué vais a hacer vosotros?

-No me lo creo: los dragones y los payasos reunidos otra vez. Esta sí que es buena.

-¡Calla, Beda!

-No me digas lo que tengo que hacer. Un bufón como tú no se merece mi respeto. Los payasos han estado molestándonos toda la vida. No creas que me voy a unir a ti. Antes muerto que con un payaso.

-Bien, lo que tú quieras. Espero que sea muerto.

-¿Y a qué se debe esa unión?

-No tengo que dar explicaciones de mis actos a nadie, ni siquiera a ti, Eón.

-Bueno, bueno, tampoco es para ponerse así. Creo que a todos nos ha sorprendido vuestra unión. Después del odio que os habéis demostrado siempre.

-Sí, pero venden sus creencias al mejor postor.

-¡Te he dicho que te calles, Beda!

-No, si tiene razón. Lo que pasa es que los ochos les están dando duro. Y si no se unen a alguien ya, no duran ni dos días.

-Pero por lo menos peleamos cara a cara contra el ejército. ¿Qué vais a hacer vosotros? Seguro que vuestros puños metálicos están oxidados. ¿Y los demás? ¿En que lado os colocáis?

-Nosotros no nos metemos en esta guerra. Lo siento, Elo, pero tengo que proteger a los lagartos.

-Los merodeadores oscuros nunca nos hemos peleado abiertamente. Siempre hemos atacado al ejército desde las sombras. Somos más ladrones que guerreros. Pero, aun así, cuenta con nosotros, Ca.

-Por lo que veis, cuatro de las siete bandas nos hemos unido. ¿Estáis seguros de lo que hacéis? Somos más de la mitad. Y os convendría tanto o más que a nosotros pertenecer a la alianza que estamos forjando ahora mismo.

-No me vengas con esas patrañas. Los ochos no se han metido en territorio de los lagartos. Pero si nos unimos a vosotros, nos van a destrozar. Entiéndelo: no puedo hacer nada.

-Sí, lo entiendo. Entiendo que sois unos cobardes. ¿No has oído nunca eso de que quien nada arriesga, nada gana?

-Pero ¿merece la pena arriesgar tanto? Son vidas humanas las que están en juego.

-Pregúntatelo al revés. ¿Merece la pena no arriesgarlas?

-Repíteme esa pregunta cuando no te quede nadie para plantar cara al ejército. Nos vamos.

Jarro se levanto y dio media vuelta. Las personas que habían venido con él le siguieron y las bandas que no habían llegado a un acuerdo se marcharon.

-Yo esperaba que fueran más razonables. Nada ha salido como esperaba. Pero no tenemos otra alternativa. Vamos a atacar al ejército, seamos cuantos seamos. Jeul, ¿has traído el cañón láser?

-Sí, aquí lo tengo.

-Mira, Sombra. Esta es una de las últimas adquisiciones de los ochos. Está claro que se las ha tenido que enviar algún pez gordo. Vosotros sois muy buenos infiltrándoos. Quiero que consigáis tantos cañones láser como podáis traer. Y a todos los demás vais a colocarles un pequeño chip que hemos preparado. De esta forma, los cañones funcionarán perfectamente, menos cuando se encuentren cerca de un receptor como éste de aquí –Ca sacó un pequeño aparato del bolsillo-. Así, vendrán a atacarnos con cañones que creerán en perfecto estado. Y, cuando los disparen… Bueno, podéis imaginarlo. ¿Entendido?

-Captado.

-Bien. Cuando tengamos los cañones, lanzaremos un ataque directo desde el puente rojo –hizo una pequeña pausa-. Se me olvidaba: también tienen unas plataformas equipadas con motores gravitacionales. Cada una tiene un par de ellos. Pero uno es suficiente para elevar a una persona. Quitadle un motor a cada una y traédmelos. Cuando tengáis todo, entrad a los subterráneos. Hemos hecho una entrada al cuartel de los dragones –hizo otra pausa y continuó con lo que estaba diciendo-. Mis técnicos están arreglando la maquinaria del puente. Vamos a aprovecharnos de ella.

-Un hurto tan simple como ése te lo haría con los ojos cerrados.

-Mejor mantenlos abiertos, por si acaso. Elo, tú reúnete conmigo y tus estrategas militares en mi despacho dentro de una hora.

-Ahí estoy.
***

El despacho de Ca estaba más lleno que de costumbre. Estaban Ca, Many y otros cuatro jefes, Elo, sus personas de confianza y los estrategas militares de ambas bandas.

-Es una locura enfrentarse a los ochos en campo abierto –chilló uno de los estrategas.

-¡Qué va! Es genial. No se lo esperarán. Además, si los otros puntos salen bien…

-Los otros puntos, los otros puntos… –interrumpió de nuevo el estratega-. Pero, ¿qué pasará si salen mal? Hay que contar con esa posibilidad.

-No saldrá mal, Seu. Ya está en marcha la sustracción de bienes al ejército. Y algunos de nuestros efectivos están dirigiendo los ataques de los ochos a la zona indicada, para así, el día que ataquemos, tenerlos en el lugar adecuado.

-Es un suicidio –volvió a interrumpir.

-Es la mejor opción que tenemos, tranquilo, confía en mí. Yo confiaré en Ca –lo tranquilizó Elo.

-Está bien. Si es un suicidio lo que queréis, que sea un suicidio en toda regla. ¿De cuánta dinamita disponemos?

6. Primer asalto

La muerte de Rob se dio a conocer en toda la ciudad. Y los miembros más radicales de los payasos celebraron su funeral en diferentes sitios, provocando diversos altercados. Ca estaba reunido con Arlin.

-¿Ves lo que has conseguido matando a Rob? Los payasos están alterados. Y no paran de destrozarlo todo.

-Tranquila. ¿No te dije que hablé con los jefes? –Arlin hizo un gesto afirmativo-. Pues entonces… Aunque no quieran aliarse conmigo, saben que van a tener problemas con el ejército. Y muy gordos. No tienen otra solución.

-¿Y si su orgullo los lleva a abandonarnos?

-Entonces moriremos todos. Pero no creo que eso pase. Los altercados que están provocando los radicales de los payasos sólo nos facilitan las cosas. Y a ellos los ponen entre la espada y la pared.

-No estoy tan segura de que sea tan bueno que unos payasos locos anden sueltos destrozándolo todo.

-¿No ves que los ataques de los ochos se suceden con más frecuencia que antes? Y, ¿a quién crees que van a atacar? Es más, ya están sufriendo los ataques del ejército.

-Y nosotros también.

-Pero no es lo mismo. Los radicales son una molestia para el ejército. Así que, con cada vandalismo por parte de los payasos, hay un nuevo ataque militar.

-No van a durar mucho así. Sólo hay que esperar a que estén lo suficientemente destrozados para que se unan a nosotros sin dar explicaciones. Pero sin pasarse, porque, como se los carguen, estamos jodidos.

-Te la juegas mucho. Y no es sólo tu vida la que te estas jugando. También la nuestra. Si fueras otra persona, seguramente no seguiría aguantándote –hizo una pausa dubitativa-. Bueno, la verdad es que, aunque no quiera aguantarte más, nos has metido en un callejón sin salida. Estamos obligados a entrar en tu juego. Sólo espero que conozcas las reglas.
***

Hacía varios días que había muerto Rob. Las batallas en la ciudad se sucedían continuamente en todas las zonas. Llegó uno de los grupos encargados de retener el avance de los ochos. Faltaban más de la mitad y sólo unos pocos se encontraban en condiciones de seguir peleando.

-¿Cual es la situación?

-Veinticinco bajas, trece apresados y quince heridos. Nos han quitado la zona oeste. Resistimos a la altura de la iglesia, pero no durarán mucho más –respondió la persona de más alto rango de las que habían vuelto.

-¿Trece apresados? Es ilógico, no los castigan públicamente, ni los usan como moneda de cambio ni nada. ¿Qué demonios están haciendo con los presos? ¿Lo sabemos ya?

-Parece ser que los embarcan en naves propulsadas y se los llevan. Pero no sabemos ni a dónde ni para qué –contestó uno de los jefes.

-¿Y cómo es que los ochos tienen tanta potencia?

-Al parecer se han aliado con algún pez gordo. Y ahora no están aislados. Por lo visto tienen comunicación con otras ciudades.

-¡Mierda! ¡Puta mierda! –Ca gritó para soltar su rabia-. Esto va mal, muy mal. Yo no contaba con ello. Mandad un mensajero a cada banda. Hoy nos reuniremos en la Sala las siete bandas.

-Pero, Ca… Una reunión de bandas no se puede hacer así como así. Hay que consultar primero a los líderes, luego hay que…

-Mierda burocrática –le interrumpió Ca-. No tenemos tiempo para esas tonterías. Esta noche, todos los líderes a la Sala. ¡Que no falte ninguno!

-¿Y qué hacemos con los ochos? Están en la iglesia.

-Many, vente con todo tu personal. Vamos a darles caña.
***

La iglesia estaba medio destrozada cuando llegó Ca con los refuerzos. Había unos francotiradores apostados en la cima de la torre, junto a la iglesia. Aprovechaban la enorme cruz como escudo. Ca se colocó en una de las trincheras, donde pidió información a la persona que estaba al mando.

-La cosa está muy mal. Sus armas no son mejores que las nuestras, pero son más. Y, además, están esos furgones blindados en los que meten a la gente que apresan. También los utilizan para escudarse.

-¿No podéis reventarles la ruedas?

-Lo intentamos, pero están protegidas. No sabemos qué hacer.

-Seguid disparando, matad a tantos como podáis. O, por lo menos, inhabilitadlos.

Ca preparó su ametralladora, se acercó a Many y le dio un golpecito en la espalda.

-¿Está tu tropa lista?

-Sí.

-Pues, ¡a por ellos!

Ca, Many y otras treinta personas empuñaron sus armas y salieron corriendo hacia donde estaban los del ejército. Primero lanzaron una carga de bombas de humo para impedir que los vieran acercarse. Luego, cuando se hubieron acercado lo suficiente, lanzaron otra carga, pero esta vez de explosivos. Entre confusión, ruido, humo, fuego y sangre, empezó el tiroteo.

Ca se dirigió a la derecha. Había en el suelo un militar agonizando que había perdido su cuerpo de cintura para abajo. Disparó a su corazón y las convulsiones del militar cesaron. Se veían perfectamente los efectos de una explosión en el lugar: los cuerpos, extremidades, sangre y objetos estaban esparcidos alrededor del punto de impacto. Ca notó el frío metálico de una pistola en su cabeza. Tomó el puñal en su cintura y, con un giro de cadera, cortó los tendones de la mano de un militar, quien dejó caer la pistola. Luego le enganchó por el brazo y le disparó con su ametralladora en la cabeza.

Se oían disparos hacia la izquierda, así que se dirigió hacia allí. Cuatro militares y dos dragones se tiroteaban, pero ninguno alcanzaba a los demás, pues estaban bien atrincherados. Ninguno se dio cuenta de su llegada, por lo que aprovechó, apuntó al pecho de uno de ellos y lanzó una ráfaga moviendo la ametralladora hacia la derecha. Los ochos cayeron al suelo. Se oyó otro disparo detrás de Ca. Miró hacia atrás, donde había un militar en el suelo con la pistola en la mano. Detrás estaba Many. Todavía apuntaba con su pistola.

-Gracias.

-No es nada.

El humo ya casi había desaparecido, y los fuegos se habían apagado. Los supervivientes de los dragones remataban a los militares que quedaban. Unas pocas personas quedaron en la zona por si el ejército volvía a atacar. Los demás volvieron al cuartel.
***

Ca estaba en la sala que utilizaba como despacho cuando llegó Ure. Entró, saludó a Ca y Many, y se sentó en una de las sillas.

-Bien… ¿Qué sabes de la reunión?

-Todas las bandas han aceptado reunirse contigo en la Sala. Pero sólo los topos y los payasos parecen contentos de que se celebre. Si me permites opinar…, no parece que vaya a conseguirse una unión de las siete bandas.

-Gracias, Ure, pero no hay más remedio que intentarlo. Puedes irte. Descansa un rato, te vendrá bien.

Ure se marchó. Many miró a Ca con preocupación.

-¿Qué opinas?

-No sé. Habrá que esperar a esta noche a ver qué pasa. Pero como esos idiotas decidan seguir solos, estamos jodidos. Tú también tendrías que descansar. Quiero que estés bien cuando lleguemos a la reunión.

5. Guerra civil

Ca estaba reunido con todos los jefes y otras personalidades importantes de los dragones. Tenían un plano encima de la mesa y estaban haciendo diferentes dibujos en él.

-Es una estupidez atacar nosotros solos al ejército –dijo uno de los jefes.

-Hay que aprovechar ahora que están débiles. Después del golpe que les dimos, no tendrán mucha fuerza de ataque. Y tenemos que impedir que se recuperen antes de que nos unamos en una sola banda. El único objetivo de la misión es molestarles un poco.

-Sigue sin gustarme la idea.

-Pues no vengas. Somos treinta y siete personas sin ti ni los tuyos. Podemos prescindir de vosotros. Todos los demás, id bajando al garaje.

Todos menos Malu, con quien Ca había estado hablando, empezaron a salir de la sala. Ca se acercó a uno de los científicos de los dragones. Le agarró por el hombro e impidió que saliera de la sala.

-Tú todavía no te marches. ¿Habéis terminado ya las modificaciones de mi moto?

-No. Es un mecanismo más complicado de lo que creíamos. Vamos a tardar más tiempo de lo previsto.

-¿Cuánto más?

-Uno o dos días. A lo mejor tres.

-¡Mierda! Voy a tener que usar otra moto. Márchate a seguir con ello. La necesito antes de la gran batalla.

El científico se marchó y Ca se dirigió al garaje con los demás. Allí cada uno tomó un arma y montó en el vehículo que se le había asignado. Ca cogió las armas de costumbre y subió a una moto azul de carreras. Luego se puso en cabeza y miró a su tropa.

-Los dos camiones van a ir por delante. Son del ejército, así que pasarán desapercibidos. En la parte trasera vais a entrar diez personas, más dos conductores por camión. Los demás nos dividiremos en dos grupos. Una vez los camiones entren en la base, el primer grupo va a salir al ataque. Cuando los ochos salgan a defender, el segundo grupo y los de los camiones los encerramos con un ataque sorpresa. ¿Entendido? –todo el mundo asintió-. Bien, ¡duro con ellos!

Se abrió la puerta del garaje y los vehículos salieron del cuartel. Enseguida hubo una distancia prudente entre los camiones y las motos, para que nadie sospechara. Además, iban tomando diferentes caminos, pero acababan llegando al mismo sitio. Cuando llegaron al distrito militar, habían dado tantas vueltas y se habían separado en tantos grupos que nadie habría sido capaz de decir que iban juntos.

Primero llegaron los camiones, que fueron directos al cuartel. Luego llegaron las motos, que se escondieron tras un edificio en ruinas que había enfrente. Los camiones pasaron los controles y estaban entrando cuando un primer grupo de motoristas empezó a hostigar a los militares. Parecía un pequeño grupo de pandilleros alcoholizados, así que los que hacían guardia no dieron la alarma y salieron a detenerlos. Cuando todos se hubieron separado de sus zonas de guardia, Ca dio la señal y el resto de motoristas, así como las veinticuatro personas que estaban en los camiones, comenzaron el ataque. Todo salía según lo previsto y los militares que hacían guardia se vieron encerrados. Entonces, un rayo rojo cruzó el cielo y una de las motos que se acercaban explotó. Le siguió una lluvia de rayos rojos que impactaban contra las motos, las cuales iban explotando una tras otra. Ca, sorprendido por lo que estaba pasando, miró hacia el edificio y encontró a una veintena de militares apostados en las ventanas. Todos llevaban cañones láser.

-¡Mierda! ¡Retirada! ¡Salid de aquí!

Uno de los camiones ya había arrancado y, mientras la gente subía al otro, un misil los hizo explotar. La mayor parte de los veinticuatro murieron en el acto. Los escasos supervivientes corrieron hacia las motos, que intentaban una retirada. Uno de ellos llegó a donde Ca y se montó como paquete. Mientras, los militares a los que habían intentado encerrar cargaban con sus ametralladoras. Media docena de ellos subieron a sus motos y salieron en persecución de los supervivientes, que tuvieron que dividirse en grupos para obligarles a separarse. Dos de las motos fugitivas siguieron el mismo camino de Ca, mientras uno de los militares les pisaba los talones. Ca vio por el espejo retrovisor cómo a uno de los motoristas le reventaba el cristal del casco y se desplomaba en una explosión de sangre. El paquete de Ca también vio la escena.

-Ca, lleva balas con bola explosiva. Corre, no quiero que me dé una de esas…

Antes de que terminara la frase, un chorro rojo salió del otro motorista e inmediatamente su pecho reventó esparciendo sus restos en todas direcciones. Una bala rozó a Ca debajo del brazo mientras su compañero explotaba. Ca no pudo mantener el equilibrio y cayó al suelo. El militar se paró junto a ellos. Uno de los cuerpos estaba esparcido a lo largo de unos metros. El otro, Ca, estaba tan cubierto de restos humanos que parecía que él también hubiera explotado, así que, dándolo por muerto, se marchó.

Cuando hubo desaparecido, Ca se levantó con dificultad, tambaleándose hasta que pudo mantenerse en pie. Se quitó el casco, que estaba completamente abollado, y se acercó a la moto. Estaba destrozada, al igual que las otras, así que empezó a andar. Procuraba ir por callejones y calles poco transitadas. No se le hizo fácil localizar una de las entradas a los subterráneos, ya que todavía se encontraba en el distrito militar. Finalmente dio con una, pero estaba bloqueada por una enorme barricada de piedras y escombros. Ca empezó a quitarlos para hacer una apertura por la que poder pasar.

A pesar de que llevaba más de hora y media retirando piedras, todavía no se veía ningún hueco. Movido por la desesperación, olvidó las precauciones y empezó a lanzar violentamente las piedras que iba cogiendo. Alertado por el ruido, un militar se acercó a ver qué ocurría. Era un muchacho de unos quince años. Se miraron y se apuntaron mutuamente con sus ametralladoras. A Ca le temblaban las manos por las heridas y el cansancio, al muchacho por el miedo, así que ninguno se atrevía a disparar. Pasaron un rato completamente quietos, mirándose. Finalmente, Ca soltó la ametralladora, que quedó colgada de su hombro, y levantó los brazos. Después de una pausa, en la que, como Ca esperaba, el militar no disparó, se dio media vuelta y empezó a andar.

Cuando se hubo alejado lo suficiente, cambió su paso tranquilo, seguro y relajado por una huida rápida y desesperada. Tenía que llegar a un subterráneo lo antes posible. Recordaba otra entrada cercana y, esperando que ésta no se hubiera derrumbado, corrió hacia ella sin importarle que le vieran. No había demasiada gente por las calles a esas horas, pero todo las personas con las que se cruzó se giraban sorprendidos al verle pasar. Finalmente llegó a la entrada subterránea, que, por suerte para él, era perfectamente accesible.

El subterráneo estaba oscuro, y apenas se veía nada. Ca se sentó al fondo, bajando las escaleras, donde nadie que pasara cerca lo habría visto, y aprovechó para descansar un rato. Cuando despertó, todo seguía igual, y con sus fuerzas ligeramente renovadas siguió el camino. Tanteando con la mano, dio con una valla que le llevó a lo que antaño debían de ser unas puertas que permitían el acceso al metro. Descendió otro tramo de escaleras para llegar al andén. Una vez allí, bajó a donde estaban los raíles y los siguió.

Después de un largo paseo a oscuras, en el que tropezó y se cayó en varias ocasiones. Por fin, vio una luz al fondo del túnel y se dirigió hacia ella. Resultó ser el comienzo del territorio habitado de los topos. Había dos personas armadas haciendo guardia. Cuando le vieron, alzaron sus armas y uno de ellos le dio el alto.

-¡Soy yo, Ca!. ¡Ayudadme, estoy herido!

-¿Cómo podemos saber que no es una trampa?

-Joder, venid de una puta vez a ayudarme o dejarme pasar, ¡pero haced algo ya!

Los dos guardianes dudaron. Finalmente decidieron que fuese uno solo de ellos, quedándose el otro a proteger el paso. Cuando vio que sí se trataba de Ca, lo agarró por la cintura y lo ayudó a caminar. Cuando llegaron a la altura del otro, éste también lo agarró y Ca, que finalmente sintió que lo había conseguido, se desmayó a causa del dolor y del cansancio.
***

Cuando despertó, Ca estaba en su cuarto. Un gran vendaje le cubría la parte central de su tronco mientras por el resto de su cuerpo un número considerable de vendas tapaban otras heridas menores. Frente a la cama había una silla en la que estaba Many dormida. Ca se levantó. No tenía mucha fuerza, pero cogió una de sus mantas y se la echó a Many por encima. Luego fue al baño, meó y se aseó con cierta dificultad. Cuando salió, Many se había despertado y lo esperaba mirando la puerta.

-Ya te vale, Ca. No tenías que haber hecho eso. No es que estés muy fuerte y vas a tener que estar unos días con ayuda para moverte.

-Pero si estoy bien. ¿No ves que yo solo he podido lavarme? No necesito depender de nadie.

-¿Y si las piernas te hubieran fallado? Da igual lo que digas, no me despegaré de ti hasta que estés mejor.

-Ya estoy mejor, ¡vete!

-No, Ca, me voy a quedar contigo. Me tenías preocupada. No quiero que te mueras.

-Pero moriré, igual que todos nosotros. Y por lo que he visto, parece que antes de lo que esperábamos.

-¿Qué quieres decir?

-El ejército tiene más fuerza ahora que antes de que le atacáramos. Parece ilógico, pero es lo que he visto.

-No entiendo

-Es muy fácil. ¿Cuántos hemos vuelto?

-Aparte de ti, cinco. Helo y Unio han sufrido amputaciones y no volverán a pelear. Lot sigue inconsciente, lo encontraron los payasos en medio de un charco de sangre y restos humanos. Bea y Fes tuvieron suerte, no han sufrido ni un rasguño.

-¿Ves lo que quiero decir? Incluso antes del ataque habríamos sobrevivido más que ahora. Es ilógico. Tenemos que averiguar qué es lo que está pasando.

-¡No! Tú tienes que descansar.

Many se acercó a Ca, le agarró y le ayudó a llegar a la cama.

-Descansa. Yo me encargo.

-Gracias –dijo Ca mientras la abrazaba.

4. La reunión del área 86

Boggi estaba más lleno que la última vez. Ca y Many estaban comiendo en una mesa al fondo mientras conversaban.

-¿Cómo lleváis la vuelta a los escenarios?

-La verdad es que sigue todo más o menos igual que siempre. Lo único, algún enano, que no nos había oído nunca, nos para cuando nos ve por ahí. Pero nada del otro mundo. Tenemos todos los días unas cuantas audiciones para ocupar el lugar que ha dejado Xexa.

-No me extraña. A todo el mundo le gustaría tocar con vosotros.

-Pues tenemos ya elegido a uno. Vamos a tocar aquí dentro de unos días. Y, si sale bien, seguirá con nosotros. Ya te lo presentaré.

-Ya me alegro de poder volver a oíros. ¿Qué dice Ila de lo de seguir tocando?

-Bueno, al principio tuvimos algún problema. Ella decía que eso ya había pasado y que no sabía si quería volver a actuar. Si tocó en la Sala fue porque tú nos lo pediste. Pero, ahora, le ha vuelto el gusanillo por la música y quiere seguir con ello.

Entró Jon en el bar. Miró alrededor y, cuando hubo localizado a Ca, se dirigió hacia su mesa. Ca no se dio cuenta de su presencia hasta que llegó al lado de ellos.

-¿Qué hay Jon? ¿Quieres comer algo?

-No, gracias, ya he comido. Me ha enviado Arlin a avisarte de que la muerte de Rob se ha hecho pública.

-Gracias, muchacho. Vamos a tener que irnos, Many. Toma un pastelito –dijo mientras le acercaba la bandeja a Jon.

Ca y Many dejaron a Jon solo en la mesa y salieron del bar.
***

Cuando Ca y Many llegaron al área 86, había ya tres personas sentadas en los restos de un banco. Se pararon a una distancia prudente y esperaron a que se levantaran. El hombre dio un paso para acercarse a Ca y le tendió la mano.

-Felicidades por tu nuevo cargo, muchacho –dijo mientras le estrechaba la mano-. Seguro que ya nos conoces, pero permíteme hacer las presentaciones. Soy Teul, jefe del concilio de los payasos. Y estas son Esa y Vico. ¿Quién es la chica?

-Esta es Many, mi mejor amiga, mi mano derecha y una de las nuevas jefas de los dragones.

-Entonces, ¿quieres una unión de bandas? –pregunto Esa-. ¿Y nos lo pides después de haber matado a nuestro líder?

-Así es. Rob era un estorbo para todos, igual que Alex, que no fue capaz de ver cuál era la solución. Los dos estaban cegados por planes absurdos. Y la rivalidad entre ambos les impedía ver más allá de sus narices. Ahora los dos están muertos y yo busco esa solución. Pero no llegaremos a ninguna parte si no nos unimos.

-Por lo visto no somos los más importantes; ya os habéis aliado a los topos –dijo Vico enfadada.

-Los topos tienen una gran arma: los subterráneos. Nosotros utilizamos esa arma contra Rob. Pero su potencial de ataque es completamente nulo. Si os unís a nosotros, podréis usar vosotros también tanto nuestros territorios como los subterráneos, como si fueran vuestros.

-¿Y por qué tendríamos que usarlos si ya no tenemos que pelear contra vosotros?

-Para pelear contra los ochos.

-¿Y si no queremos? ¿Y si preferimos seguir en paz?

-¿Te refieres a agachar la cabeza? No, no va a ser posible. Nos hemos encargado de mosquear al ejército. Pero esos jodidos ochos no saben quién ha sido. Así que van a atacarnos a todos. Y ninguno nos bastamos en solitario para pelear contra ellos. Dentro de unos días voy a organizar una reunión de las siete bandas en la Sala. Espero que en ella nos unamos todos contra el ejército de una vez por todas.

-Estás loco. ¿Sabes donde te metes?

-Por supuesto. ¿Algo qué decir?

-No. Nos veremos en la reunión en la Sala.

Teul, Esa y Vico se marcharon. Una vez hubieron desaparecido de la vista, Many se acerco a Ca.

-¿Crees que va a salir bien?

-Eso espero, Many, eso espero.

-¿Y si no podemos contra ellos ni siendo siete?

-Ya no nos queda otra opción, sólo podemos luchar. Y no va a ser una lucha como las que hemos tenido hasta ahora. Esto es una guerra civil y va a morir mucha gente en ambos bandos.

-¿Y de verdad merece la pena?

-Ninguna persona, sea de la raza, sexo, edad o condición social que sea, debe ser privada de la libertad. No es que merezca o no la pena. No se puede agachar la cabeza eternamente, al final te acabara doliendo el cuello y tendrás que levantarla. Y una vez levantada, volver a agacharla es más difícil.